Una temporada en la Biblioteca de Babel

Ejemplo primordial de la literatura metafísica, donde las ideas bastan para tejer un relato, “La biblioteca de Babel” asombra en cada lectura porque siempre parece la primera vez que ocurre. Hay momentos y frases que permanecen en la memoria, como la del principio: “El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales (…)”; o esta perturbadora evocación sobre la juventud: “Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra”; también alguno de los inesperados tuteos que salpican el cuento: “Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?”; o los nombres de los libros extraños que aparecen también en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”: Trueno peinado, El calambre de yeso y la inolvidable combinación que resulta en Axaxaxas mlö. Pero siempre que se vuelva a leer, lo propongo como axioma, “La Biblioteca de Babel” te descubrirá algo desconocido.

En una enésima lectura hay algunas cualidades que no resultan evidentes, pues el cuento reclama la lectura de otros textos. Tres son las claves que pueden conducir a una lectura melancólica de “La Biblioteca de Babel”: una precuela, un epígrafe y un cuento que parece continuar la “trama” del universo incoherente y balbuciente.

El antecedente es uno de los ensayos recobrados —durante mucho tiempo oculto incluso para los más fatigados de los borgesianos—, “La Biblioteca Total”. Publicado en Sur en agosto de 1939, dos años antes de que Borges compusiera “La Biblioteca de Babel” y muy anterior a su publicación en El jardín de senderos que se bifurcan de 1942, “La Biblioteca Total” traza la historia de una idea monstruosa y no tan antigua como debería: la utopía de una “vasta Biblioteca contradictoria cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira” o lo que es lo que es lo mismo, la “Biblioteca inhumana, que organizaría el azar y que eliminaría a la inteligencia”.

El breve ensayo no es sólo el germen del cuento, incluye algunas de las frases de la versión final e incluso en su estructura ya están bien delineados los axiomas, el sistema de los 25 caracteres capaces de eliminar el azar, y las disputas entre teólogos y herejes (que en el ensayo se nombran directamente: Leucipo, Kurd Lasswitz, Lewis Carroll, Cicerón o Thomas Henry Huxley) que iluminarán un cuento donde la humanidad está en peligro de extinción, acongojada y a la incertidumbre de encontrar al Libro de Libros o, en su defecto, al Hombre Libro que lo habría leído: “Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno”, (otra frase memorable que hasta parece que no es de Borges).

Una atmósfera de agravio, pues, recubre a “La biblioteca de Babel”; un cuento sobre el desasosiego si hacemos caso a la segunda pista, el epígrafe de la Anatomía de la Melancolía de Burton. Más allá de que ahí se sugiere la serie de caracteres que promete el número casi infinito de libros (By this art you may contemplate the variation of the 23 letters…), la mención de Burton sirve para colocar la clave emocional del cuento.

Cuando Borges trazó su genealogía en “La Biblioteca Total” estaba apenas en el segundo año de los nueve que trabajó entre 1937 y 1946 en la biblioteca municipal Miguel Cané, donde fungió como “asistente” y subordinado de quién sabe cuáles funcionarios. El aparato burocrático suponía varias humillaciones. Por ejemplo, Emir Rodríguez Monegal cuenta en su antología de cuentos del argentino, Ficcionario, que para “subrayar aún más el carácter inferior de su trabajo en la biblioteca, una vez por año se le obsequiaba a los asistentes dos kilos de yerba mate para llevar a casa. En esas ocasiones (Borges ha contado) volvía llorando hasta la parada del tranvía”. Es terrible pensar que Borges vivió una temporada en el infierno en una biblioteca; y más aún que las mezquindades ahí sufridas no serían las últimas puyas contra el escritor argentino, quien más adelante sería “promovido” por los peronistas a inspector de pollos y conejos.

La Biblioteca de Babel es una maravilla con sus pasillos y su número casi infinito de libros, una creación divina ajena a la mente humana pero, por lo mismo, una idea monstruosa. Los habitantes de sus hexágonos pasan primero de la felicidad de que todos los significados y las vindicaciones estén contenidos en sus anaqueles (“El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza”), a la depresión de imaginar que en ella existen libros inaccesibles, o que la biblioteca no es infinita o, más terrible aún, que nada de lo impreso en las letras negrísimas de los libros tiene sentido. ¡Qué diferente suena esta biblioteca inhumana e incoherente a la del “Poema de los dones” que se le figuraba al aedo Borges como un Paraíso!

La insatisfacción de poseer un prodigio y el miedo a que no sea para siempre, ese puede ser el tema profundo de “La Biblioteca de Babel”, cuento que para Christopher Domínguez Michael era el “símbolo de la obra de Borges y, metafóricamente, de su vida entera”.

Volviendo al inicio, el propio cuento es como una biblioteca que siempre empieza, inasible y rica en enigmas y claves que la extienden. Por ejemplo, el que supone la única mujer de todo el relato, Letizia Álvarez Toledo, dueña de la humilde nota al pie de página en cuya última línea está el verdadero punto final del cuento. En ese postrero filón, Álvarez Toledo sugiere que bastaría para contener al universo un solo volumen con un número infinito de hojas, y con eso insinúa ya la secuela a “La Biblioteca de Babel”; un cuento todavía más corto, “El libro de arena”: vademecum que por sí solo podría reemplazar a la astronómica biblioteca con más efectividad que el mismísimo Aleph. Un libro que, si se obedecen las leyes del Eterno Retorno que rigen a la Biblioteca babélica, habrá de concebirse en algún momento, para horror de quien se lo encuentre. Ese libro sin principio ni final, que, de todos los lugares, se perderá en una biblioteca con dirección en una calle cuyo nombre es México.

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