VAMPIROFLEXIA

El vampiro es versátil, como las  papirolas: es dueño de un sinnúmero de pliegues, dobleces, recovecos que un simple mortal es incapaz de descifrar sin instructivo, pues no le bastan sus pequeñas habilidades, tan normales. Si sólo se acoge a su lógica, corre tremendo riesgo; haría bien en hurgar a conciencia en las leyendas de los Montes Cárpatos, para empezar.

De los pliegues en una hoja bidimensional resultan asombrosas garzas con volumen y delicados ángulos. Tras cada sutil doblez vampírico se agazapa una estrategia de fascinación que impresionará por su finura al objeto de deseo. Pero de los cuidadísimos dobleces surgen también ratas mil y bulliciosos murciélagos cuando el vampiro requiere diseminarse para huir, por ejemplo, trasladarse con disimulo, confundir a Van Helsing con las volátiles ráfagas de viento y niebla a merced de su voluntad (véase Drácula, Bram Stoker, 1897; Penguin Clásicos, 2015).

De estos no muertos, alevosos y flexibles, la literatura ha registrado diversas figuras:

  1. A grandes rasgos, son milenarios y atractivos personajes dedicados a la persuasión y a la impiedad, pues codician el solaz de beber sangre, su fuente primaria de energía vital. Viven de noche y duermen de día, de ahí la palidez. No se reflejan en los espejos, muy a pesar de su porte distinguido. Sólo mueren al sol, con estaca en el corazón, acaso agua bendita, ajos y disparos de plata, se sabe.
  2. Aunque también los hay menos elegantes: con aguijones descomunales en vez de lenguas, como látigos de ponzoña desatando plagas. La imagen que vibra en el espejo representa la transformación en curso de los infectados, vampiros mudos, telépatas. Sucumben a las lámparas Luma de rayos UV (Nocturna, Guillermo del Toro y Chuck Hogan, Suma de Letras, 2009).
  3. Otros más cargan al hombro su propio ataúd de trabas éticas, de aflicción, pues se debaten entre el respeto a la vida y el crimen, no se reconocen como asesinos gracias a sus resabios de humanidad y, luego de experimentar el desencanto del amor, se abocan dolorosamente a una existencia nihilista, la inmortalidad sin rumbo (Entrevista con el vampiro, Anne Rice, 1976, Ediciones B).
  4. Incluso algunos chupasangre se trasladan a climas cálidos de tierras corruptas como la de México, donde se camuflan sin problema porque ene mujeres mueren al día y pocos las extrañan, porque la gente vive acostumbrada a que todos usen a todos (Vlad, Carlos Fuentes, Alfaguara, 2010).

Y en el repertorio humano resplandecen algunas fosfóricas similitudes, cual colmillos en la oscuridad:

  1. Aquellos que se sienten inducidos por la noche a una mayor concentración (que la que gozan durante el día) en su actividad primaria, que no necesariamente es beber sangre, puede ser tan solo embeberse en el trabajo sanguijuela o en el disfrute de la invención o tal vez en la vil juerga. El espécimen suele presentar ojeras ante el rigor del espejo.
  2. Sensual truhan de influjo nocturno que se alimenta sólo de quien le haya concedido permiso para entrar a su espacio. Para mantener su efigie símil de Dorian Grey, suele chupar la energía de su presa noche y día, funge con arrogancia como elixir que doblega la voluntad; cruel, iracundo, señala cada mínimo defecto, yerro y omisión, real o inventada, allanando el territorio para dejarse caer a sus anchas, ya sin miedo: ahora sí está listo, muy seguro para amar a su víctima, justo un momento después de haberla dejado en la lona. Carente de compasión y copioso en labia, es un predador emocional, como acuñan los consejeros de las buenas costumbres para la autoayuda. Si no es hembra, desde luego aprovecha el fósforo contenido (no sólo en huesos y dientes sino) en su poderoso esperma para apantallar con luces a las impresionables (a diferencia de la inofensiva diamantina en la piel de los personajes de Crepúsculo, de manita sudada). Pareciera que su materia gris también brilla, tan hábil es. El bellaco, de gran prestancia, no gusta de tomarse fotos ni acostumbra mirar directo a los ojos, se incomoda, pero suele admirarse sin pudor en cualquier superficie bruñida, que en su caso no le soslaya el hermoso reflejo. (Lástima que no le funcione el espejeo de los otros para verse más a fondo.) Sus hábitos vampíricos se afincaron en su espíritu desde pequeño, de modo que, como los niños, muere de una rabieta tristemente por falta de atención.
  1. Tras una representación teatral, un actor departe vivamente con el público ­–como intervención final en el montaje– y, diciendo y haciendo, se desliza pulgada a pulgada hacia una espectadora que lo escucha atenta relatar los sucesos verídicos en que se ha basado la obra. Su actitud parece de conde, seduce a dos Minas Murray a la vez, aunque la mirada matadora torva sexy ha tenido que enfocarse en una de ellas solamente para ejercer todo su poder. La Mina inicial huye en cuanto sabe que ha pasado la estafeta a la otra, quien ha acudido a la función atraída por el dramaturgo, aunque no niega que la porfía en la mirada del actor la distrae un poquito. Sólo que al poco rato la disuade aquella desproporción en sus palabras: qué plétora verbal, cuánto bombeo por minuto para un seductor que se precie de avieso y eficaz. Habría hecho bien en imitar la discreción de Gary Oldman, quizá. Muerte autoinfligida.
  2. He visto andando por ahí en tianguis darks pares de incisivos de tamaño natural que fueron afilados cosméticamente en el consultorio del dentista. Me pregunto si acaso habrán sido partícipes de sanguinarios pactos diabólicos, pero lo descarto enseguida (supongo que hago mal).
  3. Y hay humanos proclives a las mordidas de las féminas. Recorren con ansias el Desfiladero del Borgo, formados en la fila de un banco de sangre: quieren donar para su propia causa, azuzados por la delicia de las drogas duras pero recreativas. Tal vez creen en la noción de proveer pasivamente el sustento con sus yacimientos de hierro, al fin que no mueren, sólo desfallecen un poco en cada pinchazo, entonces se llenan voluntariamente de cardenales el cuello, las ingles y las corvas de las piernas. Se sirven a sí mismos en bandeja, sin poder evitar una risita involuntaria por los nervios, la excitación. Viven suspensos, adictos a la espesa y villana sensación del líquido descorriendo de sus venas a la jeringa, de la jeringa a la copa, de la copa a los labios rojos. Salud por los muertos en vida.
  4. Mujer de pómulos prominentes se reclina en un sillón de hospital, con 76 años a cuestas y anemia por disfunción medular: brazo extendido, manga corta y catéter para recibir transfusión de plasma sanguíneo, quiere seguir viviendo –vivaz de ser posible– pues ha sido feliz, y de paso no estaría mal rejuvenecer tantito. Ya su primer indicio de vampiresa era desde siempre usar sombrero de ala ancha que protegiera su sensibilidad cutánea, y sobre todo estornudar una y otra vez al recibir un mínimo rayo de sol en los ojos. Hoy en la mañana respondió: Claro, preferiría que el cielo estuviera encapotado todos los días, sin duda. Sin embargo, su rito es lumínico: mientras fluyen las horas del tratamiento, canta en voz bajita de soprano un himno del siglo XVII afirmando que no teme a la muerte, aunque su reflejo en el azogue del pabellón se esté difuminando.
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