Vivir sin temer a Poe

Más que dominar un género, Edgar Allan Poe fue explorador de hebras sensibles en el lector. Así, sus textos pasaron a formar parte del reducido círculo de la literatura que, a lo largo de la historia, habló en lengua universal sobre la esencia del ser humano. Detrás del arquetipo del horror en relatos como “El gato negro”, “El pozo y el péndulo” o “El corazón delator”, existen otros tópicos en los cuales Poe incursionó, con la misma maestría, pero a los cuales suele restarse mérito, ignorarse o desconocer por completo.

Antes de House, estaba Poirot; antes, estuvo Holmes, y aun antes, C. Auguste Dupin resolvió los casos expuestos en “Los crímenes de la rue Morgue”, “El misterio de Marie Roget” y “La carta robada”. Antes que el final de La vuelta al mundo en ochenta días se volviera icónico, los husos horarios ya habían alterado la percepción de la realidad en el cuento “La semana de los tres domingos”. Antes que el imaginario de Julio Verne se viera consolidado en su novela De la Tierra a la Luna, “La incomparable aventura de un tal Hans Pfaal” expuso el tema con la precisión, la relojería y el genio creativo de cualquier gran exponente del género, asegurando al escritor norteamericano un lugar como espíritu guía para Verne.

En cuentos como “Los anteojos”, “El hombre que se gastó” y “La autobiografía literaria de Thingum Bob”, Poe tocó la vena del lector justo en el momento climático del relato para despertar la ironía con humor. Quizá lo titánico en la meticulosidad de Poe recae en el paso inadvertido de los seres humanos hacia los elementos más emblemáticos que conforman nuestra realidad, y que por el contrario Poe recupera en sus narraciones. En los relatos de Poe, el fenómeno de la “corporación” tiene lugar cuando dichos elementos cambian su lugar dentro del orden de las cosas y adquieren una forma que vuelve imposible seguir negando su existencia, dando pie al enfrentamiento y a un final ominoso. Ejemplo de esto, tenemos los múltiples encuentros con el doppelgänger que anteceden al duelo decisivo para William Wilson. O cuando el príncipe Próspero encarara la muerte roja justo cuando había creído haberse librado de ella para siempre tras los muros de su palacio. Incluso, observamos al huésped en la casa de Usher cuando lee en voz alta el Mad Trist y ambas realidades alternas se encaminan a una colisión caótica.

Con Poe, la transmutación suele ser sinónimo de renuencia ante la muerte, y va de la mano con algún ritual arcano inexplicable para los personajes, para el lector y hasta para el autor del relato. Así es como el esposo de Morella descubre que ésta abandonó su tumba para tomar el lugar de quien (hasta ese momento creímos) era su hija. O cuando al morir la dama Ligeia dejó que su amado hallara consuelo en los brazos de alguien más sólo hasta haberse convertido en dicha mujer. O bien el golpe certero de una muerte inútilmente postergada que consumió al señor Valdemar en un segundo.

Cada relato de Poe parte de un personalísimo ensayo científico, social o metafísico, cimentado en los tópicos que estaban en boga. La realidad aceptada en común acuerdo es puesta en duda casi de inmediato y, al final, el cuento determina que la razón es obsoleta, con lo que deja abierta la puerta de la imaginación hacia misterios terribles.

Poe tenía musas y precursores; sin embargo, siempre triunfa nuestro impulso para mantener al prodigio de Boston en el papel de dios que le asignó Quiroga, y al cual tuvieron a bien admirar Lovecraft, Borges y Cortázar. La perfección en la obra de Poe no cuenta estadíos. Nos podemos permitir no darnos a la ardua tarea de buscarle influencias ni contextos, pues por sí sola habla sobre un universo de introspección humana dirigido hacia lo incomprensible. A tal grado llegó la honestidad del diálogo consigo mismo, que terminó hablando de la intimidad de sus lectores, tanto en su época como a lo largo de doscientos años, al demostrar que el miedo nos ha acompañado desde el principio como una parte arraigada e indivisible de nuestra naturaleza.

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