Vuelo de caballo

“Vi una vez un caballo ciego: la naturaleza
se había equivocado. Era doloroso sentirlo inquieto,
atento al menor rumor provocado por la brisa en las hierbas,
con los nervios prontos a erizarse en un estremecimiento
que le recorría el cuerpo alerta.
¿Qué es lo que el caballo ve a tal punto
que no ver a su semejante lo vuelve perdido
como de sí mismo?
Es que cuando ve, ve fuera de sí
lo que está dentro de sí. Es un animal que se expresa
por la forma. Cuando ve montañas,
césped, gente, cielo, domina hombres
y su propia naturaleza”.
Silencio, Clarice Lispector

 

Habrá sido cuestión de un año que descubrí su nombre: Chimamanda. Apellidos aún impronunciables para mí: Ngozi Adichie. Desde esos sonidos causó una especie de embrujo en mi imaginario. Me habían recomendado ver unas tedtalks en las que ella participaba hablando acerca de la mujer. Y tan sólo verla, me embelesó. Así que cuando supe de su libro Americanah, no pude más que querer leerla.

Chimamanda es nigeriana. Tiene mi edad. Podríamos considerarnos de la misma generación. Sí, podría pensarlo. Y hay una parte en su literatura en la que puedo reconocerme: la búsqueda. Pero claro, sería muy simplista de mi parte verlo de esa manera. Y sin embargo, me gusta creer que hay un lazo que nos hermana: como mujeres.

Esta novela fue considerada uno de los mejores libros de ficción del año pasado. Ha publicado en castellano otros dos libros, Algo alrededor de tu cuello (cuentos) y Medio sol amarillo (novela ganadora del Orange Prize en 2007). Cuando supe de qué iba Americanah, irremediablemente pensé en otra escritora –en su caso senegalesa‒ que también tenía una búsqueda: la identidad. Ken Bugul es mayor que nosotras (y uso ese plural con toda la intención de pertenencia). Ella nació a finales de los años cuarenta y entre su obra literaria se encuentra una novela especial para mí: El baobab que enloqueció. Y se estarán preguntando si me creo que por el sólo hecho de ser africanas ya hay algo que las hermana y, sobre todo, dónde quedo yo en todo esto. Pero va más allá.

El baobab que enloqueció trata de una mujer negra, que habla francés, que decide ir a buscar sus raíces: Bélgica. Pero cuando está ahí se descubre como ese otro que en su tierra nunca había sido: un cuerpo negro con un lenguaje fallido y que debe cubrir ciertos arquetipos para intentar pertenecer a una sociedad que, por más que lo intente, nunca será suya. Siempre será una extranjera. En la novela habrá desencuentros, amores, máscaras y finalmente, la necesidad de retorno.

En el caso de Americanah, después de una huelga universitaria Ifemelu decide irse a Estados Unidos a terminar sus estudios. Deja atrás a su novio de secundaria, Obinze, y, entre desencuentros y otros amores, está dispuesta a pertenecer: finge el acento, escribe un blog que la hace formar parte de algo, pero también descubre que es un otro, que tiene que alisarse el cabello y que tiene un cuerpo negro. Y también decide regresar.

Y en ambos retornos, tanto de Ken Bugul como de Ifemelu, la imposibilidad de regresar a un lugar se vuelve imbatible: sólo queda la resistencia… Posiblemente, el amor también. Con el vuelo del caballo para ver y poder verse, y construirse como nuevos personajes de su propia historia.

Y es ahí donde me encuentro: en la imposibilidad de la posibilidad. ¿O será al revés?

Fernanda Álvarez