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Wilde: un dandy enamorado
Alberto Mclean comment 0 Comentarios access_time 5 min de lectura

Casi ni haría falta escribir acerca de Oscar Wilde si sólo dimensionáramos su frase famosa, casi sentencia para epitafio: “Puse todo mi genio en mi vida, y sólo mi talento en mis obras”. Y así fue su vida, intensa y entregada a su genio. Debemos a Wilde su magnífica obra, y a lord Alfred Douglas, Bosie —su amigo y amante—, junto a su padre, el marqués de Queensberry –púgil y creador del reglamento del boxeo–, la ignominia y nefasta historia del genio irlandés.

Y la historia no ha podido perdonar a quien abandonó a Wilde en prisión y que, ya muerto el escritor, abjuró de él y de su relación y no cesó de difamarlo. Bosie descendía de la nobleza escocesa, creció entre poder, tierras, influencia y sirvientes. Estudió en Winchester y en Oxford y editó dos revistas estudiantiles y publicó sus primeros poemas. Fue el poeta Lionel Johnson quien lo llevó a la casa de Wilde, para que el escritor lo ayudara a defenderse de un chantaje. Como a todo el mundo le ocurría al conocer a Wilde, Bosie quedó fascinado con el charm, agudo ingenio y la infatigable charla de Wilde. Y digamos que ambos se flecharon.

Se han hecho múltiples extrapolaciones sobre si Bosie pudo llegar a ser la inspiración del Dorian Grey que Wilde idealizaba en cuanto a belleza e inmortalidad, y toda especulación es pertinente o absurda, según se vea. Y aunque no sentía atracción física por Wilde, aunque sí intelectual (se creía poeta y pensaba triunfar en ello), Bosie llevó a Wilde a conocer el Londres profundo de la época, gastando a diestra y siniestra —dinero del odiado padre— por complacer al escritor.

Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas

Y fue en este tiempo cuando Wilde escribió sus mejores obras, incluso hasta poder vivir holgadamente con las ganancias de La importancia de llamarse Ernesto, mostrándose al mundo como el gran autor que era y sin ningún tapujo. Acudía a todo tipo de evento con Bosie y cenaban en los mejores lugares.

En los albores 1895 Wilde gozaba de un total éxito, no por nada se presentaban en el West End tres de sus obras en paralelo…, y entonces comenzó la caída. El marqués  de Queensberry intentó sabotear los estrenos de varias obras de Wilde; empezó a enviarle a su hijo Bosie cartas y telegramas llenos de insultos. Quería sorprender a su hijo con su acompañante y visitó los restaurantes que frecuentaban. Incluso dejó una tarjeta infamante en el club de Wilde en Picadilly: “To O. W. posing as a somdomite”.

Y Bosie, sin saber los alcances de su consejo, incitó a Wilde a demandar por calumnia al marqués, creyendo que con el juicio su padre se hundiría. Wilde pensó que podría vencer a jueces y abogados su genio, pero estaba lejos de saber que el marqués ya tenía evidencias y testimonios en su contra. De igual forma subestimó a la incipiente prensa de los escándalos y a un público siempre deseoso de quemar al ídolo venerado.

Evitó a toda costa que Bosie fuera testigo contra su padre. Y lo atacaron con fiereza durante el juicio, donde incluso se leyó su correspondencia y el soneto de la autoría de Lord Alfred: “Soy el amor que no puede decir su nombre”. Queensberry fue absuelto y Wilde sentenciado culpable por indecencia. Salió bajo fianza y su esposa Constance escapó a Francia con sus hijos. La casa de Tite Street fue rematada.

El marqués de Queensberry arremetió de nuevo, Wilde tuvo que enfrentar dos procesos más. Pudo fugarse, como sus amigos le aconsejaban, y no lo hizo, pues no era un cobarde. Quizá en su interior se convencía sobre el sacrificio, siendo él sacrificado. Y entonces deviene tragedia la vida del genio. Fue condenado a dos años de trabajos forzados, perdió todo, su obra, su casa y su familia.

La prisión de Reading fue su calvario: quien había demostrado su vitalidad y talento verbal y escrito, sólo podía recibir y enviar una carta cada tres meses. Y eligió a su esposa, Constance, ignorante de que Bosie preparaba su defensa desde Francia. Pero Wilde no cejaba en su empeño de no comprometer a Lord Alfred, pues se negó a que en un artículo que él iba a publicar citara cartas suyas, como las que fueron leídas durante el juicio anterior.

Fremantle Prison inmates and main front Iwel

Con el paso del tiempo en prisión, Wilde comenzó a convencerse de que estaba ahí por culpa de Lord Alfred; nunca pensó que la terquedad de la demanda contra el marqués sería ruina y el posterior infierno. Y fue cuando se le permitió pluma y papel que escribió la tremenda carta a Bosie, que se llamaría De profundis: Epistola in Carcere et Vinculis, que literalmente acabó con Lord Alfred y que hasta nuestros días lo mantiene como el villano de la historia.

A su salida de la cárcel de Reading en 1897, y a pesar de las amenazas familiares, Wilde y Bosie se reunieron en Nápoles. Calma en contraste con su vida anterior. De aquella reunión surgió el aliento para una última obra: La balada de la cárcel de Reading.

Si “Matamos lo que amamos”, como dijera Wilde en uno de sus poemas, quizá haya sucedido que él eligiera inmolarse poco a poco, hasta extinguir el magnífico fuego del autor genial que en vida fue. Wilde nunca volvió a reunirse con su esposa e hijos ni regresó a Tite Street ni a la gloria que alguna vez fue suya.

 

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