Svetlana Alexiévich

“Aliexiévich y la aterradora verdad”

 

Svetlana Alexiévich nació en 1948 en Bielorrusia, “un país donde se enseñaba a morir desde la infancia”, como lo dijo en su discurso de aceptación del Premio Nobel en diciembre de 2015: “Nos enseñaban que los seres humanos existen para dar todo de sí, para consumirse, para sacrificarse. Nos enseñaban a amar a la gente con armas […] Crecimos entre verdugos y víctimas”. El dolor es el centro de la obra de Alexiévich. Su lectura implica adentrarse en un laberinto de voces dolientes. En su obra se escucha el clamor de aquellos que padecen injusticias, que sufren por el “mal que siempre nos vigila”.

Aliexiévich ha escrito cinco que libros que según ella son en realidad uno solo. El punto en común es una utopía: la genuina renovación de la humanidad. Y aunque la batalla esté casi perdida, Svetlana no deja de aferrarse al oficio de ser “guardiana de la memoria”, como la llamó Masha Gessen —autora de El hombre sin rostro— en un perfil que publicó en The New Yorker, de donde rescatamos aquí un par de pasajes que retratan de manera notable a nuestra autora.

Alexiévich ha declarado que así como Flaubert se consideraba una pluma humana, ella se considera un oído humano. Y es así como preserva la memoria. Cuando camina por las calles, dice, escucha las voces de la gente y no puede evitar preguntarse cuántas novelas están desapareciendo sin dejar rastro. Su escritura aspira a detener algunas de esas voces. Más allá, se trata de aprehender en el espacio del libro los testimonios de individuos ordinarios que han sobrevivido diversos acontecimientos históricos, como la segunda guerra mundial, la guerra soviética contra Afganistán o el desastre nuclear en Chernóbil.

Masha Gessen nos recuerda que Alexiévich es la primera persona en recibir el Nobel cuyos libros han sido confeccionados en su totalidad por medio de entrevistas. Lo anterior provocó un debate público sobre el tipo de “literatura” al que el comité sueco le dio reconocimiento. Numerosos periodistas, incluyendo a varios del gremio mexicano, aplaudieron que el Nobel fuera para una periodista o incluso que el periodismo fuera finalmente distinguido con un galardón de esas dimensiones.

Sin embargo, como cuenta la propia Gessen, a Alexiévich le pareció casi un insulto el titular de Los Angeles Times que anunció el premio diciendo que éste había sido para una reportera. “Desde los cinco años supe que quería ser una escritora, no una periodista”, le explicó la bielorrusa a Gessen. En cualquier caso, en sus propias palabras, Alexiévich es una escritora que usa ciertas herramientas del periodismo, como la grabadora que alguna vez tuvo que comprar con dinero prestado. ¿Novela coral? ¿Novela testimonial? ¿Novela de voces?

Más allá de las discusiones en torno a la clasificación de su obra, Alexiévich no deja de provocar las reacciones más extremas, como lo pinta muy bien este otro pasaje del perfil del New Yorker. En 1992, cuenta Gessen, una organización que representa a las madres de soldados asesinados en la guerra de Afganistán demandó a Alexiévich por difamar a la milicia soviética. Una de las madres que declaró como testigo alegó lo siguiente: “Usted dice que debo odiar al Estado y al Partido. ¡Pero estoy orgullosa de mi hijo! Él murió como oficial en una batalla. Sus camaradas lo querían mucho. Amo el país en el que solíamos vivir, la URSS, porque mi hijo murió por él. ¡Y la odio a usted! No necesito su aterradora verdad.” En efecto, Alexiévich pretende que sus lectores desciendan a sus propias profundidades, pero para conseguirlo, esa aterradora verdad es ineludible.

Aquí los dejamos con dos recomendaciones sobresalientes que publicamos bajo el sello Debate: Voces de Chernóbil y La guerra no tiene rostro de mujer. Mientras tanto, seguimos traduciendo del ruso dos obras más. Al tiempo.

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