Crónica en tiempos de barbarie

Una niña interesada en el fenómeno ovni descubre, años después, que lo que atisbaba en el cielo de la Playa del Muerto no eran las luces de naves extraterrestres, sino avionetas cargadas de cocaína, provenientes de Colombia, que aterrizaban en los municipios de Sotavento, Veracruz, a principios de los años noventa. Esa niña era Fernanda Melchor.

Y con esa historia se inicia su libro Aquí no es Miami (Literatura Random House, 2018), una recopilación de crónicas que aborda el amanecer de la barbarie: “las condiciones que germinaron el terror de la llamada Guerra contra el Narcotráfico en un estado especialmente golpeado por esta debacle como lo es Veracruz”, como escriben los editores.

Melchor hurga en el pasado, entre periódicos amarillentos abiertos de las puntas como pétalos de flor, para contar historias que aún retumban en el imaginario colectivo.

El 7 de abril de 1989 apareció en los periódicos de nota roja una noticia que sacudió a los veracruzanos: Evangelina Tejera Bosada, una mujer de 24 años, había asesinado a sus dos hijos, de tres y dos años. Tejera había sido coronada seis años antes como reina del Carnaval de Veracruz. Melchor, con su pluma como bisturí, cavila: “Sentada en un trono de cartón piedra, mientras sus súbditos de pacotilla la claman entre burlas, obscenidades y risas, ¿habría llegado Evangelina a intuir en algún momento lo que el futuro le deparaba?”.

La historia de Evangelina pasó de nota roja a leyenda popular. Y la autora de Temporada de Huracanes, al desentrañarla, desnuda la idiosincrasia veracruzana.

Los textos que componen Aquí no es Miami fueron escritos en un lapso de 10 años, entre el 2002 y el 2011. De ahí la variedad de sus registros.

En La casa del Estero, por ejemplo, Melchor narra la increíble historia de una casa embrujada, usando elementos del cine de terror y de los giros de la narración oral, con lo cual mantiene a los lectores al filo de la página, incrédulos. Y al mismo tiempo, desgrana en frases breves, como postales en blanco y negro que extrae de una caja de cartón enmohecida, la historia de la ruptura con su exesposo, de quien se separa porque –confiesa, de forma bella y poética–: habitaban mundos diferentes. Esta historia subterránea, esbozada apenas, es el correlato que resignifica la historia principal: el choque entre el mundo de los vivos y el mundo de los fantasmas.

Si bien, en la nota introductoria, Melchor le advierte al lector que sus textos no son periodísticos en el sentido ortodoxo del término, sus piezas “son relatos en los que todo es verdad, pero con mismos filtros por los que pasa la literatura”, como definió a la crónica Javier Rodríguez Marcos, poeta y periodista español.

“Queremos dar cuenta fiel de la realidad, de un pequeño fragmento de la realidad, y terminamos hablando de nuestra finitud, de nuestros propios miedos y deseos”, escribe Melchor en los primeros párrafos del libro. Y me pregunto: ¿Qué sería del periodismo sin la mirada del cronista? Un mero registro de hechos. Un bullicio entre sordos.

Una niña extenderá un periódico viejo en el suelo para recoger la hojarasca del patio. En un momento se acuclillará para mirar de cerca las fotografías y leerá con curiosidad las noticias de la sección policiaca sin saber que, 10 años después, relacionará esos hechos con las luces de naves extraterrestres, y concluirá que nunca hubo una nave tripulada por alienígenas sobrevolando el cielo de la Playa del Muerto, sino un avión repleto de cocaína colombiana. Esa niña será Fernanda Melchor.

Y eso será el germen de una de sus historias.

 

@ErickBaena

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