Cuando mi mamá leyó “Mujercitas”

Les voy a hablar de un libro al que desde niña le tengo mucho cariño: Mujercitas. Recuerdo que me lo prestó mi abuelo, para ese entonces yo todavía no leía de corrido. Fui una niña que se enfermaba mucho de la garganta y recuerdo que mis papás trabajaban hasta tarde en esa época. Mi papá solía llegar más tarde entre semana y mi mamá se esforzaba siempre por tratar de leerme, aunque fuera algo chiquito, antes de acostarme. Me leía un libro que se llamaba 365 historias para 365 días que tenía historias muy breves. Supongo que de ahí surgió algo de mi costumbre de leer.

Hubo veces en las que tuvieron que meterme a la regadera con agua fría para bajarme la fiebre, otras en las que mis papás se turnaban para dormirse conmigo y cuidar que no me subiera de más la fiebre de noche. Alguna de esas veces en la que me enfermé y no pude ir a la escuela, mi mamá se quedó conmigo y empezó a leerme ese libro cuadrado que nos había prestado mi abuelo. Era una historia sobre cuatro hermanas que vivían con su madre durante el periodo de la Guerra de Secesión en Estados Unidos, mientras su padre estaba lejos en la guerra. Las protagonistas eran Meg, Jo, Beth y Amy y vivían bajo la tutela y las enseñanzas de su mamá, a quien llamaban Marmee.

Recuerdo que me sentí profundamente cautivada por su historia, por escuchar cómo crecían las chicas de aquella época. Obviamente no tenía ni idea de lo que era la Guerra de Secesión pero quería saber más sobre las obras que montaban, la especie de pijamada que tenían, cómo a Beth le daba miedo el señor Lawrence, su vecino de aspecto gruñón, la amistad que nació entre Jo y Laurie, cómo a Jo le encantaba leer y leer, y cómo a veces peleaban como todas las hermanas y hermanos del mundo.

De niña yo tocaba el piano, era muy tímida, penosa, educada y me sentía muy identificada con Beth. Por eso me gustaba Jo, porque ellas eran más cercanas; así como lo eran Meg y Amy por su lado. Conforme la historia avanzaba en la voz de mi mamá durante mi convalecencia, primero enfermó el papá de las hermanas; luego, Beth, y recuerdo que mientras mi mamá leía empezaron a salir las lágrimas de sus ojos. Después me contó que no quería seguir porque le daba miedo que Beth muriera y no quería leerme eso. Beth no murió en ese tomo, el alma de mi mamá descansó y yo me quedé satisfecha con ese final: la Navidad cuando regresó el papá de las niñas March, Beth se recuperó y el señor Lawrence le regaló el piano de su hija a Beth.

Años después vi la película de Mujercitas (1994) que engloba la novela y una de sus secuelas. Debo decirles que lloré mucho. Ya no me identifico con Beth, digo, finalmente, estudié letras y tengo mal genio; si tuviera que escoger, diría que Jo March me representa. Y cada tanto, como una especie de tradición no hablada, mi mamá y yo nos sentamos a ver la película y lloramos un ratito. Al día de hoy, la edición que sigue estando en mi librero es ese libro negro cuadrado, a doble columna, de páginas amarillas que me dio mi abuelo. Sigue siendo uno de los pilares de mi educación sentimental que revisito de vez en cuando.

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