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Detectives: Deducción, habilidades forenses y muchas células grises
Alberto Mclean comment 0 Comentarios access_time 5 min de lectura
«Hay quien dice que la lectura de un cuento de suspense posee valor terapéutico, porque purifica a uno de sus tendencias homicidas y le permite gozar de unos crímenes que siempre deseó cometer».
Alfred Hitchcock
«Todas las obras de arte deben empezar… por el final»
Edgar Allan Poe
«El cuento policial, ese juguete riguroso que nos ha legado Poe»
Jorge Luis Borges

Misterio, robo, muerte, ingenio, laberintos mentales, búsqueda de pruebas que intenten explicar de algún modo un hecho del pasado; visos de solución, pistas irrefutables, tensión en la trama, complicación de la historia…, y el inevitable detective: ceño adusto, personalidad carismática, vicios improbables, honestidad blindada y quizás una cierta debilidad que lo vuelva humano.

A mediados del siglo xix, la novela de detectives (o policial) apareció y fueron dos sus creadores, Wilkie Collins y Edgar Allan Poe. Desde continentes distintos, y por extrañas y diferentes razones, ambos crearon un género pródigo y fascinante. Tanto Collins como Poe, dieron a este género las cualidades cautivadoras que lo han hecho un clásico de la literatura, que no sólo se renueva sino que incluso crea nuevos subgéneros que le dan una vitalidad y una fuerza que lo mantiene en el gusto de los lectores.

Borges decía que el lector ideal de policiales “debía ser imaginativo y participante, que está asociado a la resolución del enigma. Cuando leemos una novela, lo que cuenta es el presente; cuando leemos un policial, lo que importa es el futuro. Dos ópticas, dos tipos de lectura. […] es como un ajedrez gobernado por leyes inevitables. El escritor no debe escamotear ninguno de los términos del problema”.

Ahora bien, ¿qué cualidades debe poseer un detective?, ¿cuáles sus conocimientos y aficiones?, ¿qué habilidades y destrezas debe tener? Ante las múltiples respuestas, no queda más que pensar en la variedad del género humano, pero teniendo en cuenta que el detective que elijamos deberá ser inteligente por encima del resto de los mortales, al grado de poder ufanarse de ello. Entre los detectives cerebrales y los hombres de acción, desfila una cantidad enorme de arquetipos: Marlowe, Holmes, Dupin, Marple, Maigret, Spade, Chan, Poirot, Brown, Parodi…, la única constante es la tenacidad y las pequeñas células grises que poseen, como solía decir Poirot, de su proceso deductivo.

Por otro lado, ¿por qué ha sido eficaz el género policiaco? ¿Por qué la legión de seguidores? Poe aseguraba que todo cuento debe escribirse para el último párrafo o la última línea y que de ahí proviene el giro inesperado, la vuelta de tuerca que nos lleva al borde de la silla donde leemos, que nos enlaza con el detective, con el personaje que arde en el libro ante nuestros ojos, si así fuera siempre la ecuación, ¿por qué nos gusta tanto el género detectivesco y no otra variedad del cuento o novela? Quiero pensar que todo radica en el misterio del futuro resuelto, en la solución del enigma, sin puertas abiertas a otras explicaciones. Cuando Poirot, detective del razonamiento, evidencia el enigma de un crimen por el simple ruido de un objeto lanzado al agua en pleno viaje en barco, sabemos que la razón triunfa y estamos tranquilos por las siguientes horas. Y cuando un detective de acción, como Spade, irrumpe en un cuarto, tenemos la certeza de que salvará a la chica y quizá reciba un balazo o un beso, qué más da.

Como lectores, siempre coincidiremos con el detective (o con el delincuente, en el caso de Highsmith) siguiendo las pistas del asesino, de la mano del escritor, quien, en total complicidad con el lector, comparte su estrategia y nos brinda pistas que abonan en la solución del enigma. Y el enigma siempre tiene que resolverse para que cierre el relato. De hecho, en eso radica la eficacia del género policial: sabemos que algo ocurrió, pero queremos saber cómo fue, quién lo hizo y cuántas trabas debe sortear nuestro detective hasta llegar al desenlace. En ese sentido, los cuentos y novelas policiales son redondos, por no decir perfectos: parten de un inicio a un final inexorable, en los hombros del tremendo detective y sus habilidades fascinantes, aunque humanas.

Habrá quien se identifique con Holmes o Brown, con Spade o Marlowe, con Chan o Dupin, pero he ahí la grandeza del género policial: se han creado arquetipos que oscilan la amplia gama del género humano brindando a nosotros, simples mortales, que diga, lectores, un cúmulo de sensaciones que nos arremolinan en el tráfago de lo cotidiano.

¿Habrá novela policial en el siglo xxii? Me atrevo a conjeturar: en las frescas de algún otoño del siglo xxiii y medio, habrá detectives habitando novelas policiales y miles de lectores retirando el retractilado de la novedad del mes.

Y cierro con el tremendo Borges: “En esta época nuestra tan caótica, hay algo que, humildemente, ha conservado las virtudes clásicas: el policial. Ya que no se entiende un policial sin principio, sin medio y sin fin. […] Está salvando el orden en una época de desorden”.

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