El espíritu del lobo

Para Pablo Lorenzo Doria

El perro negro en la oscuridad. Sentado en las escaleras, observándolo. Están cara a cara. El perro guarda silencio, y él grita entre lágrimas al animal: ¿Por qué? ¿Por qué la dejaste ir? El perro permanece callado, inmóvil. Sabe la naturaleza del reclamo de su dueño, quien no deja de gritar por toda la casa, que está en tinieblas. Borracho, el hombre grita entre los espacios vacíos, entre los huecos que dejaron las cosas de su mujer, entre cada milímetro de aquel lugar. ¿Por qué, por qué la dejaste ir?

Desde que se anunció deseé leer la nueva novela de Guillermo Arriaga, El Salvaje. Me emocioné cuando el autor colgó la portada en su Twitter poco antes de que saliera a la venta. Me reí cuando alguien, poco después, no recuerdo si en esa misma red social, comparó esa portada con la que tuvo Cuartos para gente sola, de J. M. Servín, en Joaquín Mortiz. Me reí porque era atinada la comparación y porque ya alguien había comparado (me disculpo por las redundancias) dicha novela con la película Amores perros. Una cinta que por cierto me encanta y por la cual estoy aquí.

El perro negro a la luz de la mañana. El hombre abre los ojos. Tiene a su nueva mascota frente a él. Su mujer lo está cargando. Míralo, le dice y se lo acerca. El perro tiene menos de tres meses. Es un cachorro parduzco, un poco feo, sin embargo es casi del tamaño de los tres pequeños perros que esta pareja también tiene. La nueva mascota es resultado de una cruza entre una pastor belga café y un labrador negro. El hombre carga al cachorro y éste mueve la cola y le lame la cara. Ella sonríe.

El Salvaje sale a la luz y todo mundo la comenta. El autor la promociona en su Twitter. Veo casi todas las entrevistas que le hacen al respecto. Ésta es de mis preferidas (“La venganza surge cuando la justicia es inoperante”, le responde en algún momento Guillermo Arriaga a su entrevistador). El Salvaje es una novela sobre la muerte, sobre la venganza. Una novela larga que se lee como una novela corta. Una novela que, como reza el lugar común, no se puede soltar una vez que se comienza a leer. Una novela que estremece, que emociona. Una novela que duele. Desde que se anunció la deseé con urgencia. Supe que algo tenía que decirme.

El perro negro a la luz del mediodía. Ella ha ido a visitarlos. Te extraña, le dice él. Es probable que sea el mismo día en que les toma una foto juntos a su exmujer y a su perro, no muy lejos de casa. No lo recuerda. Lo que sí es que ese día el hombre trata de quitarle una carnaza del hocico al animal y éste, naturalmente, le suelta una tarascada en la mano. La velocidad y la fuerza con la que lo hace lo estremecen. El perro negro se echa hacia atrás. El hombre sangra. Le duele mucho. Ella sabe que lo que viene a continuación será más violento. Se asusta. El perro también y se mete a su casa. El hombre toma un palo de escoba dispuesto a romperlo en el lomo del perro, pero termina quebrándolo contra la pared.

Recibo El Salvaje una mañana fresca de un sábado. Es una novela inmensa, de casi setecientas páginas. Desde ese momento inicio su lectura. Me entusiasma encabronadamente. En cada párrafo escucho con claridad la voz del autor, de quien he visto muchos videos en YouTube, desde entrevistas hasta clases magistrales. Siempre he querido tomar alguno de sus cursos, pero al leer esta novela pienso que probablemente no sea necesario: El Salvaje es un texto con tintes autobiográficos que mezcla todas las pasiones del autor: se mezclan la vida, la muerte, la esperanza, la venganza; la Unidad Modelo en la Ciudad de México (donde Arriaga vivió en su juventud), la vida cruenta de la naturaleza (donde Arriaga ha sido cazador), el amor, los animales, los perros. Los lobos. Es sin duda una lección de escritura. Contiene todo lo que este escritor pondera sobre el oficio (y aquello que dice sobre la tradición literaria): acción, concisión, un lenguaje sin florituras. Fuerza. Pasión. Una novela que le tomó varios años escribir (y que yo, como él, dudo que se adapte al cine).

El perro negro en la oscuridad.

Sentado en las escaleras.

Observándolo.

¿Por qué la dejaste ir?

Lobo. El hombre piensa en ese nombre para el perro negro, resultado de una cruza entre una pastor belga café y un labrador negro. Fue hermano de otros ocho cachorros. Todos murieron menos él. Es un sobreviviente.

En El Salvaje un par de jóvenes de distintos tiempos y lugares aprenden a fortalecerse cuando tienen que enfrentar y domeñar a un lobo. Solo así podrán sobrevivir. Dos nombres son una constante en sus páginas: Amaruq, que significa “lobo”, y Nujuaqtutuq, que significa “salvaje”.

El perro negro a la luz de la tarde. El hombre y él están en un parque. Es la primera vez que salen sin correa. El perro se aleja unos metros de su amo. Es una zona con muchos árboles. El perro se aleja de tal modo que pierde de vista al hombre. El perro se desconcierta y corre hacia la avenida por la que llegaron. La cruza sin mirar. Un taxi, que no va muy rápido, lo golpea por un costado. El perro negro da varias vueltas por el pavimento. En cuanto deja de girar, el animal se levanta y corre. El hombre mira atónito, a la distancia. El taxista se va. El hombre corre detrás del perro, pero se le pierde de vista muy rápido. Piensa que lo van a atropellar de nuevo e inevitablemente: es la primera vez que sale sin correa. Entonces empieza a llover. Llueve muy fuerte. El hombre decide regresar a casa y pedir ayuda para buscarlo. Pero cuando llega el perro ya está ahí: espera a su amo afuera del portón, sentado bajo la lluvia. Está intacto, apenas tiene unos rasguños. Es un sobreviviente.

Si El Salvaje habla de algo es de imponerse ante la muerte. De sobrevivir. Habría que contar cuántas veces está escrita la palabra muerte en El Salvaje. Debe ser la palabra que más aparece. Y al escribir esto recuerdo a Eusebio Ruvalcaba, quien murió el pasado febrero. Guillermo Arriaga no lo sabe, pero lo que tenemos en común él y yo no es solo el gusto por los perros o la escritura, sino a este amigo.

Cuando recién entré al taller literario de Eusebio, hace unos seis años, recuerdo que estaba leyendo El búfalo de la noche, de Arriaga, novela en la que se menciona constantemente una obra de Ruvalcaba, Músico para cortesanas. Recuerdo haberme sorprendido gratamente al saber que se conocían el uno al otro. De algún modo, Arriaga era una especie de maestro paralelo, de maestro fantasma que era amigo de mi maestro real. Alguna vez Eusebio me contó que él había leído el guion original de Amores perros, cuyo título era, si no me equivoco, Perro negro, perro blanco. De las últimas cosas que le escribí a Eusebio por correo fue que si podía mostrármelo: en la actualidad estudio esta disciplina de la cinematografía y quería ver cómo estaba hecho. Eusebio me dijo que con gusto. Que cuándo nos veíamos. Le contesté que ojalá pronto, pero no nos volvimos a ver.

Míralo, le dice.

El perro negro es resultado de una cruza entre una pastor belga café y un labrador negro.

Es un sobreviviente.

Ella sonríe.

Lo primero que hace el hombre es llamar por teléfono a su exmujer, quien le contesta con la frialdad que la caracterizó en sus últimos meses. ¿Estoy ocupada, qué pasó?, dice ella. Atropellaron al perro, dice el hombre, todavía presa de la adrenalina. ¿Necesitas dinero?, responde ella. Te necesito a ti, quiere responder él, pero algo se lo impide.

Demoro un buen rato en concluir la lectura de El Salvaje. Ya desde la página cien maquiné lo que podría escribir sobre esta novela, e incluso pensé que no sería necesario concluirla, pues diré exactamente lo mismo antes o después. Sin embargo leerla me da calma, me alivia, me hace sentir a toda madre. Aunque se lee rápido, pospongo su final lo más que puedo. El Salvaje se convierte en mi compañía. La leo en todos lados, en el metro, en los cafés. La leo en casa con mi perro negro echado junto a mí. Leerla también me recuerda mi adolescencia (el contexto es similar: barrio clase media-baja de variopintos personajes subyugados por la religión, la ignorancia, la escasez y la violencia). Desde aquella etapa fui muy peludo. Mis compañeros de la secundaria (de paga, como a la que asistía Juan Guillermo, el protagonista) se burlaban de mí diciéndome “Lobo”. Justo por aquellos años descubrí uno de mis discos favoritos: el Wolfheart de los portugueses Moonspell. La canción que más me gusta de ese álbum es “Love crimes”. La portada me sigue pareciendo de las más bellas que he visto: es la foto de dos lobos batiéndose a muerte.

El día que se fue de la casa, ella le contó  mucho tiempo después, lo único que hizo el perro negro fue ladrar. Ladrar sin parar las dos horas que ella tardó en recoger sus cosas.

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