El exquisito sabor de la carne

 

«Devorar, desgarrar, masticar, engullir, despedazar, reiniciarnos en el ritual en el que somos uno con nuestros cuerpos más allá del barullo sensor y distractor de la mente, las inhibiciones y la ley.»

Ana Clave, El amor es hambre

 

Erotismo, un comportamiento tan mutable como la infinidad de rostros posibles del ser humano. Aquella experiencia ha acompañado al hombre desde que plasmó sus primeras expresiones en los sentidos de otro. Esta impresión humana ha evocado el tiempo mítico, la vida primigenia, el instante de plenitud en que se rompe con la temporalidad perecedera y se trasciende a lo sagrado, a lo inmutable, a la eterna existencia. Pero lo erótico también se mezcla con el instinto de supervivencia, de permanecer en esta vida terrena, de saberse en su carne, embelesada por otro; ¿cuántas formas de seducción es capaz de manifestar la naturaleza? Si bien, es posible relacionar inherentemente al erotismo con la seducción, lo es también el hallar en toda forma de vida una serie inagotable de posibilidades para manifestarse. Así, esta atracción puede reflejarse en el iridiscente despliegue del color de unas plumas, en el dulce néctar del órgano sexual de una flor que atrae el hambre de los insectos para llevar su esperma al cáliz de otra flor, en la sólida y enhiesta formación de una cornamenta, en el penetrante aroma de la tierra impregnada de fertilidad, en el rítmico vaivén de una danza, en el cadente rumor de un llamado anual de apareamiento…

Es así como la naturaleza dota a todo ser de un lenguaje que permite fertilizar la vida. Sin embargo, este mecanismo de autoconservación también ha sido simulado por los depredadores; muchos de ellos han logrado mimetizar su instinto de caza arrebatando los sentidos, ya sea mediante la imitación de un aroma, de una forma, de un color, de un movimiento, de un sonido, que en varios casos atrae a la curiosidad al aparentar una fuente de suculento alimento, y en muchos otros, al fingir el rastro de un ser que busca fecundar o ser fecundado.

Ciertamente, esta compleja manifestación de la naturaleza se mezcla en el devenir de la humanidad, fundiendo en un solo cauce la persuasión erótica que contiene también un oscuro tono de caza. Y es precisamente este sentido de asechanza lo que alimenta al erotismo de un toque de ambigüedad, ¿quién no se ha encontrado con un rostro, un gesto, un delicado movimiento, una palabra entrecortada e inusitada que aparenta más de una expresión? Es por ello que el deseo se nos presenta como algo que se muestra pero que al mismo tiempo se oculta, orillando al seducido a recrear en su imaginación aquella pieza ausente, secreto que sumerge a los amantes en la complicidad mutua.

El Amor es hambre, la nueva novela de Ana Clavel, explora la seducción de los sentidos que despiertan al deseo primigenio de la carne. Mediante un tono confesional, la autora envuelve al lector en una complicidad surgida en torno a la vida de Artemisa, una joven chef que desde sus primeros recuerdos rememora la experiencia de los depurados placeres carnales, encontrando en las sensaciones una gama inagotable de experiencias apasionantes. Es así como el sentido del gusto se erige como la primera fuente de conocimiento del ser, de aquello oculto que embriaga tan profundamente y que deleita aquel órgano del placer. Los sentidos entonces sufren una transformación al mezclarse entre sí, surgiendo de éstos dos grandes ojos que devoran, enormes fauces capaces de saborear a un amante con sólo contemplarlo, recorrerlo tal como el paladar recorre cada uno de los exquisitos ingredientes de un platillo, cuya esencia hace salivar de forma incontenible las pupilas de aquella mirada oculta en la penumbra del deseo, que asecha tras el oscuro y ondulante bosque en que se esconde con cautela, aguardando el instante justo para hincar sus penetrantes y voraces zarpas en la carne de la suculenta presa, manjar colmado del apetitoso goce del arrebato.

Gracias a la alusión a cuentos populares como Caperucita roja, la comprensión de las tácticas seductoras de determinadas especies, como las plantas carnívoras o las mantis religiosas, el instante perpetuado en una fotografía, el gesto petrificado de la escultura y los deleitables sabores volcados en la gastronomía podemos disfrutar del placer despertado por los deseos que brotan al desnudar a la palabra capítulo tras capítulo, engullendo con nuestros ojos, imaginación y fantasía aquel instinto genésico que se alberga en lo más profundo de nuestra humanidad y que nos extasía a partir del sabor, del aroma, de la imagen, de la voz y del tacto desbordantes de la sexualidad.

Mediante El Amor es hambre, Ana Clavel invita a sus lectores a explorar la gran cantidad de matices en que puede desembocar el erotismo, haciendo de su lectura un ejercicio de autoconocimiento de una de las más arraigadas experiencias de nuestra naturaleza, y que dejará en cada uno el exquisito y lúbrico sabor de la imaginación y la memoria.

 

 

Ana Clavel. El amor es hambre. México: Alfaguara, 2015, 164 pp.

 

 

Busca por temas
, ,
Más textos de Fernando Álvarez Fuentes

“Nadie sabe” de Ángela Figuera Aymerich

Seleccionamos los poemas favoritos del equipo que compone la Langosta Literaria. Nadie...
Leer más

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *