HABÍA MUCHA NEBLINA O HUMO O NO SÉ QUÉ

Del latín tectum y éste a su vez del verbo tegere —recubrir, cubrir, proteger—, el techo resguarda y encubre a la vez. La diferencia entre el amparo y la intemperie es, en efecto, esa línea delgada, con frecuencia horizontal, que es el techo. Cuando se abre un boquete en el techo, cuando el techo se cae, cuando lo único que queda sobre nuestras cabezas es apenas un mediotecho, entonces es posible ver hacia afuera —esa parvada de tordos, por ejemplo— pero también hacia adentro. Lo oculto sale a relucir. Lo privado se vuelve atrozmente público. La intimidad del cuerpo queda así en plena conexión con la vida de los astros y de las plantas y de las máquinas. Cuando el techo se resquebraja entramos en contacto con todo y todos: nos volvemos pura vida exterior.

¿Qué queda cuando el techo se abre? El cielo, claro está. Unas cuantas nubes desmenuzadas por el viento. La estrella de la tarde. La luna. ¿Y cuando el cielo se abre?

¿Y cuando la noche?

Queda la neblina, quizá. O el humo. O no sé qué.

He seguido la vida y la obra de Juan Rulfo ya por mucho tiempo. Inicié de muy chica, leyendo uno de los libros que acabaría por marcarme de múltiples maneras —Pedro Páramo—, y he continuado hasta hace muy poco, espulgando archivos, viajando por las carreteras de sus propios itinerarios, escalando sus montañas, leyendo tesis, hablando con la gente que ahora vive en los lugares que lo obsesionaron, cotejando reportes de trabajo, dictámenes varios. Me interesaba, quiero decir, lo que a todo mundo le interesa de Rulfo, que es su escritura, pero todavía algo más: la materia de sus días como escritor. No toda su vida cotidiana —sobre la que ya hay varios y muy buenos libros— sino las condiciones materiales que hicieron posible que un hombre nacido en 1917 en la provincia mexicana pudiera ganarse la vida escribiendo o para escribir. Tengo la impresión de que este libro es mi esfuerzo por contestar aquella intrigante provocación que lanzara Ricardo Piglia en uno de sus ensayos de El último lector, ése en el que aseguraba que la verdadera historia de la literatura se escondía en los reportes de trabajo de sus escritores. En efecto, entre vivir la vida y contar la vida hay que ganarse la vida.[1]

¿Y es ganarse la vida sinónimo aquí de merecerse esa vida? Tal vez.

Rulfo trabajó, y mucho, en proyectos neurálgicos para la modernización mexicana de mediados del siglo xx. La suya fue una vida marcada por el así llamado Milagro Mexicano de corte alemanista, una época en la que no sólo le tocó vivir, sino que contribuyó a fraguar, primero como empleado de una compañía trasnacional de llantas —la Goodrich-Euzkadi— que en mucho participó de la incipiente industria del turismo, nunca una fuente menor de ingresos públicos. Años después, ya publicados los dos libros que le dieran tal notoriedad, se convirtió en asesor e investigador de la Comisión del Papaloapan, ese organismo federal cuya función fue allegar los recursos naturales de la zona del sur de México al mundo, mismos que hasta antes estuvieron circunscritos por un río de aguas broncas. Ya fuera tomando fotografías celebratorias de la modernidad alemanista —que luego se convertirían en objeto de culto artístico—, o ya describiendo las condiciones de vida de pueblos indígenas de tal forma que justificara los esfuerzos del gobierno por desalojar comunidades enteras de chinantecos y mazatecos de las regiones designadas para albergar la presa Miguel Alemán, pieza central de los trabajos de la Comisión del Papaloapan, Rulfo utilizó sus muchas habilidades para ganarse la vida y, así, legitimar y cuestionar al mismo tiempo el proceso modernizador del que resultarían las grandes metrópolis y el tipo de existencia veloz y mecánica que terminaría dando al traste con la vida rural de la que tanto se hizo su obra. Antes de sus libros, las llantas sobre la carretera; después de sus libros, los trabajos de la comisión: dos empleos de enorme importancia a nivel personal y a nivel social. Sigo con la impresión de que el mundo del novelista continúa sosteniéndose sobre los cimientos de estos dos empleos. La estética va de la mano de la vida cotidiana, y del pie, también, de la política. ¿Es posible concebir la producción de una obra y la producción de una vida sin que una esté supeditada a la otra? Supongo que escribir un libro sobre o alrededor de un autor es, también, investigar los muchos poros a través de los cuales esa obra y esa vida se entendieron, o se medio entendieron, o se entendieron mal. Después de todo, si los autores supieran a ciencia cierta qué les pasa, o cómo y por qué les pasa lo que les pasa, no tendrían necesidad alguna de escribir libros.

Había leído su obra literaria ya en muchas ocasiones antes de hacer un viraje hacia su vida laboral. Años atrás, tal vez al inicio de todo esto, había escrito un cuento de un jalón un 7 de enero: “El día en que murió Juan Rulfo”.[2] Más tarde, reescribí, incluso, Pedro Páramo, palabra por palabra en un blog personal, convirtiendo capítulos enteros de la novela en estrofas de versos libres y villanelas o transformando párrafos específicos, a través del tachado o el uso estratégico del color, en pálpitos apenas de sí mismos, sostenidos únicamente por los signos de puntuación.[3] Me había divertido, tengo que aceptarlo. Tuve el placer o el desparpajo —o el placer debido al desparpajo— de escribir palabra por palabra un texto escrito para siempre por Juan Rulfo. Una Pierre Menard cualquiera. Una escribana. Y decir “una transcriba” suena muy parecido a decir “una tránsfuga”. Pero de tanto merodear esas palabras surgió la curiosidad. Y la curiosidad, en este caso, no mató a gato alguno, sino que me condujo a los caminos que recorrió Rulfo en Oaxaca, y luego al Archivo Histórico del Agua de la Ciudad de México, y más tarde a husmear entre los periódicos de la hemeroteca. Había estado en sus palabras pero ahora quería, válgame, estar en sus zapatos. Y si eso no es amor, ¿entonces qué es?

Llegué a Oaxaca a inicios del invierno. Sabía que Juan Rulfo había pasado temporadas ahí, viajando en coche sobre las recién asfaltadas carreteras o avanzando en el lomo de algún burro o caballo por veredas escarpadas. Con más frecuencia, caminaba. Imaginaba sus zapatos: ¿qué tipo de zapatos para subir esta montaña? Imaginaba la sed. Y la pausa, ahí, bajo la sombra de un pino. ¿Experimentó la misma plenitud carnal, la misma silvestre felicidad al meter las manos en el agua fría del pozo cuando parecía que la garganta le quemaba? Imaginaba el cielo azul, limpísimo, que cubría, de hecho, mi cabeza, porque recordaba lo que no viví en lugar de mirar lo que estaba ahí. Hacía las dos cosas en realidad: recordar lo que no viví y observar de cerca, a través de los lentes para miope, lo que estaba en efecto ahí. Uno nunca está solo en la montaña.

Ese invierno de soles intensos y buganvillas en flor llegué a Luvina después de dejar atrás una carretera de cerradas curvas bordeadas por bosques tupidos, y después de avanzar, más tarde, por caminos de tierra. Allá, a lo lejos, ese pueblo encaramado en la punta de una loma, al final de un camino que bajaba o subía, dependiendo de si uno iba o regresaba, refulgía San Juan Luvina. Y nunca como en ese momento estuve segura de encontrarme tan cerca, apenas a unos pasos, de Comala. La sensación de que bastaba extender la mano para tocarla. Ese tipo de cercanía. Si era cierto que el cuento “Luvina” contenía ya, literariamente hablando, a Pedro Páramo como una nuez, ahora me quedaba claro que lo mismo podía decirse de su geografía. Atrás de esa puerta de alambre que abrió, cual debe, un arriero, comenzaba su milagro. Esto era un pequeño pueblo de orígenes zapotecos encaramado en los picos de una montaña de la sierra Juárez y era también, ¿cómo no iba a serlo?, un planeta entero con todo y su flora y su fauna, su orografía y su metalurgia, sus eras geológicas y su futuro cósmico.

Fue ahí, en compañía de Matías Rivera de Hoyos y de Saúl Hernández Vargas—, no sólo un conocedor sino un verdadero amante de su estado—, donde saludé por primera vez a Reyna. Felipa Reynalda Bautista Jiménez, en realidad. Estábamos en los patios de la iglesia, husmeando, cuando ella llegó para organizar una lectura de la Biblia con otras mujeres del lugar. No recuerdo si fue ella la que nos saludó o si todo sucedió al contrario, pero tan pronto como le mencioné el nombre de Juan Rulfo, sonrió. Claro que lo conocía. Era ese señor que había dicho muchas mentiras del lugar donde ella vivía, ¿no era así? El lugar donde vivía era algo de lo que quería hablar. Su historia. Sus contradicciones. Sus luchas. Sus victorias. Sus problemas. Su presente. ¿Sabía yo que San Juan Luvina estaba la mitad en Oaxaca y la otra mitad en Los Ángeles? Los datos del censo que ella se encargaba de recabar y de anotar a mano en una libreta escolar así lo confirmaban. Encontré a su hijo, Fernando Bautista, en un suburbio de Los Ángeles meses después, en efecto. Santa Mónica. La playa. La conversación, que ha durado meses y hasta años, continuó así. Visitas de cuando en cuando. Llamadas por teléfono. El 1° de enero de 2015 me sorprendió su voz desde lejos. Quería saber si todavía podía decirme más. Quería saber si ya terminaba. Su libro.

Recorrí, también, otros caminos de Oaxaca; los caminos de la sierra norte, por ejemplo. En auto, también, sobre el pavimento desigual de las carreteras; y a pie. La respiración agitada como prueba de ¿qué? Gracias a la invitación de Tajëëw Díaz Robles subí hasta la cima del Zempoaltépetl, la montaña sagrada de los mixes, un verano. Iba en compañía de la familia Hernández Jiménez, que celebraba, de esta manera, la veintena de un recién nacido: Tum Et. Iba, también, con el fantasma de Juan Rulfo que, alpinista consumado, lo había hecho antes, tanto tiempo atrás. Esto: subir; escalar. Esto: escuchar el murmullo incesante del habla de los mixes y beber traguitos de mezcal con tal de aguantar el paso. Esto: quedarse sin palabras allá en lo alto. Uno no puede sentir lo sentido por otro, eso es cierto. Pero uno puede estar ahí, en ese sitio compartido, y sentir lo propio.

Encontré un montonal de cosas en todos esos sitios: las montañas, los archivos, las bibliotecas. Hubo cosas que me confirmaron lo que sabía o intuía, y cosas que vinieron a darme una versión muy diferente tanto de mi conocimiento como de mi deseo. Mientras caminaba y perdía el aliento, mientras tocaba el mundo con los pies, mientras descubría y escribía, especialmente mientras reescribía, tuve que aceptar que exploraba, sobre todo, un planeta: 1. m. Astr. Cuerpo sólido celeste que gira alrededor de una estrella y que se hace visible por la luz que refleja. En efecto, cuanto más sondeaba la topografía y tentaba los relieves de este sólido celeste, más entendía que los libros crean lazos de reciprocidad con el mundo que sólo pueden confirmarse en o a través del cuerpo. No me costó trabajo admitir que no investigaba una vida sino dos: la de Juan Rulfo, en efecto, pero también la mía. El pasado, sí; pero sobre todo el presente, más que el futuro. Tampoco tuve problema alguno en aceptar que escudriñaba el país de entonces, el suyo, pero también este país trémulo por cuyo esqueleto iba avanzando a tientas, a veces con temor, siempre con curiosidad. Ésta, en todo caso, no era la vida de Juan Rulfo como realmente había acontecido (estoy citando de memoria una de las tesis sobre la filosofía de la historia de Walter Benjamin) sino como se me aparecía ahora a mí, como la inventaba ahora en mí, en este momento de peligro.

¿Y es eso en realidad el amor?

Nunca lo conocí. No fui su alumna; no coincidí con él en librería alguna; nunca tomamos café juntos. No tengo registro alguno de su voz; jamás aspiré el humo de sus cigarrillos. No conocí a su familia en estos tantos años de merodeo en sus papeles, y tampoco la busqué. Tengo que confesarlo ya: mi relación con Juan Rulfo es una de las más sagradas que existen sobre la tierra: una lectora y un texto. Nada más; nada menos. Pero la lectura, como se sabe, es una relación horizontal y abierta. Aún más: la lectura es una relación de producción y no una de consumo. La lectura es imaginación, ciertamente, o no es. O no será. Éste es, luego entonces y sin duda, un Rulfo mío de mí. ¿Con qué derecho lo hago mío? Me lo he preguntado tantas veces en relación con todo lo que vivo y leo y escribo. Y me lo respondo ahora, apropiada o inapropiadamente, con las palabras de otro: con el derecho que me da el cuidado que he puesto en y por su mundo. Charles Bernstein, quien hablaba de la relación entre el poeta y el lenguaje y el mundo cuando colocaba estas palabras unas tras otras, tenía razón. Uno se vuelve coleccionista de lo que le pertenece por el derecho que le da el cuidado que ha puesto en y por el mundo.

Tuve que reescribirlo porque no conozco otra manera de decir quiero vivir dentro de ti. Quiero traerte aquí, conmigo. Aquí. Algunas de las frases de Juan Rulfo, muchos de los pasajes de sus cuentos, otros tantos personajes de su novela, han sido punto de partida de escritos que, siendo en sentido estricto míos, son también de otro. Me sigue llamando la atención, por ejemplo, aquel mediotecho bajo el cual una mujer incestuosa le ordenó a un viajero muerto de miedo que se acostara con ella. ¿Cómo es que ningún otro escritor o escritora mexicana de su tiempo tocó con tanto aplomo y más naturalidad el tema del aborto o la menstruación? Encuentro del todo intrigante que un personaje siga sosteniendo a lo largo del tiempo, aunque todavía dentro de un ataúd, que Dorotea o Doroteo da lo mismo. Mi Rulfo bien queer. Éstos son varios de los fulgores, algunas de las estrellas fugaces, o unos aromas, que han atraído y atraen mi atención, y a los que sigo o reconfiguro, a veces literalmente, en estas páginas. Esto es lo que queda, al menos para mí, cuando el techo se abre al cielo y el cielo se abre a la noche. Un cuerpo sólido celeste que refleja algo de luz. Una neblina tenue que lo transforma todo bajo su velo. Algo de humo. Quedamos nosotros —estos lectores, estos textos— unidos por la imaginación, que es la lectura. Unidos en el deseo. Que es la escritura.

Pocas cosas me quedan en claro después de andar esculcando las cosas de Juan Rulfo. A ratos me da la impresión de que Rulfo no realizaba todos estos trabajos de los que dependía la vida propia y la de su familia sin darse cuenta de la magnitud —económica, cultural, política— de los proyectos con los que colaboraba. En otros momentos tengo la impresión de que no los llevaba a cabo, tampoco, sin enfrentar los hondos dilemas éticos de toda una época. Modernización, ¿pero para quién? Mejoría y progreso, ¿pero de acuerdo con los estándares de quién? Rulfo era un escritor; sin embargo, no un ideólogo. Eso es lo que me digo. Rulfo era un padre de familia, no un diputado ni un pastor. Esto también me lo repito. Luego lo increpo. Después lo entiendo. Al rato hago las paces con él. Tengo, como se puede ver, pocas cosas claras que ofrecer. Mucho me temo que las vidas de a de veras son así.

El tiempo ha pasado y el país no es el mismo. ¿Pero es cierto esto? A veces me parece que hay demasiadas semejanzas entre la imposición vertical de esos proyectos modernizadores que articularon la economía mexicana con la mundial a lo largo del siglo xx —desde la sustitución de importaciones durante la Segunda Guerra Mundial hasta el así llamado Milagro Mexicano— y las reformas económicas y energéticas impuestas ahora por un régimen neoliberal que involucra por igual al Estado mexicano y a esa gavilla de capitalistas salvajes que solían ser conocidos como narcos. Demasiadas continuidades, en efecto, y algunas discontinuidades también. Tal vez no es pura casualidad que, al responder algunas preguntas sobre el carácter violento de ciertas poblaciones de México, Rulfo haya hecho hincapié en algunas de las mismas zonas que atestiguan y sufren la violencia de una guerra desatada hoy por el Estado mexicano: “En realidad, casi toda la tierra caliente del país es violenta. Ahora, nada más se ha quedado concentrada en el estado de Guerrero. Pero antes, Michoacán, Jalisco, otros estados, los sitios por donde cruza la tierra caliente eran zonas de mucho conflicto”. [5]  La violencia que azota al país, y que toca sin duda cada rincón de la geografía y de los cuerpos, da cuenta del horrorismo de un régimen que se ha separado de su ciudadanía.[6] Tal vez este libro esté más cerca del presente de lo que yo misma imagino.

No habría podido llevar a cabo la investigación que dio lugar a este libro sin el apoyo de las siguientes instituciones: una beca del Sistema Nacional de Creadores Artísticos; un año sabático de la Universidad de California, San Diego (uCsd); dos residencias artísticas en el Centro de las Artes de San Agustín Etla (Casa); una residencia artística en la Universidad de Poitiers; una residencia en el ipeat de la Universidad de Toulouse. Tampoco habría podido adentrarme en el tiempo y el espacio de este planeta Luvina sin haber conocido a Saúl Hernández Vargas, quien me presentó a Yásnaya Elena Aguilar Gil, por quien conocí a Tajëëw Díaz Robles, tres devotos de caminos y bosques y comida y lenguajes de Oaxaca.

Uno rara vez sabe para qué o para quién escribe, eso es cierto. Pero si en un futuro no muy lejano Et Tum Hernández Jiménez y Carmen Cardoso Pacheco pudieran leer estas páginas —tanto las escritas en español como la sección que Luis Balbuena tradujo al mixe, su lengua materna— sentiría que este libro ha logrado tender un puente en el mundo. Del mismo modo, si Matías Rivera De Hoyos leyera este libro y, al leerlo, recordara su adolescencia nómada en caminos de México y Estados Unidos como parte de una tribu cada vez más amplia, me sentiría profundamente agradecida. Por eso este libro no sólo está dedicado a mi hermana, Liliana Rivera Garza (1969-1990), sino también a ellos tres.


[1] Ricardo Piglia, El último lector, México, Anagrama, 2005.

[2] El cuento forma parte de Ningún reloj cuenta esto, México, Tusquets, 2005.

[3]  Véase el blog Mi Rulfo mío de mí: https://mirulfomiodemi.wordpress.com

[4] Adriana Cavarero, Horrorism: Naming Contemporary Violence, Nueva York, Columbia University Press, 2011.

[5] Reina Roffé, Juan Rulfo. Autobiografía armada, Barcelona, Montesinos, 1992, p. 12.

[6]Adriana Cavarero, Horrorism: Naming Contemporary Violence, Nueva York, Columbia University Press, 2011.

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