[vc_section][vc_row][vc_column][vc_column_text]Todo iban bien con mis padres cuando en mi biblioteca sólo había literatura infantil y Harry Potter chispeaba sobre la mesita que tenía por librero. Es natural que con los años fuera explorando otros géneros, otros tomos, como los del Marqués de Sade, que me intrigaban, y los de Bukowski, que me pervertían. A falta de una habitación propia —dormía con mis dos hermanos— y sin el valor ni la edad para comprar películas eróticas, mis libros fueron, durante años, mi colección de pornografía. Cuántas veces sentí estremecerme cuando leía coño, con esa traducción tan castellana, joder. Qué rápido aprendí a decir follar, culo, polla, y me encantaba, me sentía obsceno, aunque francamente no entendía nada.

De forma desprevenida —la verdad no conoce otra forma de llegar— entendí que no todo en los libros que leía me excitaba, sino sólo una parte, o unas partes, las más amenazantes y viriles, que me hacían sentir como la olla de la leche en el fuego a punto de desbordarse. Sería un engaño decir que la literatura me descubrió homosexual, pero me permitió explorarme en un terreno emocional, físico —muy físico— y a ratos intelectual.

Desde entonces, busqué en la literatura otras voces, otros personajes, otros enfoques. En un mundo en el que eres el chiste de sobremesa, los libros eran mi válvula de escape. Quería entender que era normal sentir lo que sentía, desear como deseaba. Y así es como llegué a otros tantos autores: Carlos Pellicer, Manuel Puig, José Donoso, Reinaldo Arenas, Luis Zapata, Carlos Monsiváis. A veces los entendía, a veces no, pero tenían una característica en común que me gustaba: todos hablaban de mí, de ese dolor de no poder ser, de ese sentirme observado y juzgado. Por ellos entendí esas fiebres que me daban cuando pasaba por el pasillo de ropa interior del supermercado.[/vc_column_text][vc_single_image image=”16189″ img_size=”full” alignment=”right” css_animation=”bounceIn”][vc_column_text]Hoy veo en librerías que las historias de adolescentes homosexuales se venden como paella los domingos, en la lista de los bestsellers. Siento envidia, un poco, de esa facilidad con la que los niños de ahora pueden acceder a estas temáticas, pero al mismo tiempo me hace pensar: ¿es eso literatura gay? No pretendo sonar a viejo quejumbroso, pero todo este material —que leo con genuino interés— lo encuentro desprovisto de realidad: el american dream se ha apoderado de los libros, antiquísimas reliquias masturbatorias, para entregarnos telenovelas próximamente en cines.

¿Qué es, entonces, la literatura gay? La discusión ha pasado por tantas plumas que hemos llegado a pensar que, probablemente, la clasificación o etiqueta es cosa ya superada.  En este debate, los progresistas dicen que “amor es amor” y que, por lo tanto, da lo mismo si los personajes de una novela o de una película son hombre-hombre o mujer-mujer. No se puede ser más reduccionista.

No es el acto en sí (besar, lamer, follar) lo que hace que un libro sea gay. La literatura homosexual es aquella que, sin importar si su autor o autora es gay, cambia las estructuras de la narrativa para ponernos desde el ángulo en que observan el mundo los disidentes de la heteronormatividad. En esta línea, Los detectives salvajes no puede ser literatura gay, aunque tenga un personaje homosexual de los más entrañables, llamado Piel Divina. No es la intención de Roberto Bolaño hacernos sentir empatía por la condición homosexual de Piel Divina. En cambio, en Call me by your Name (Llámame por tu nombre), André Aciman hace un ejercicio literario, a ratos ensayístico, sobre la intensidad del deseo y el dolor de no poder expresarlo abiertamente. Eso es literatura gay: no son hombres besándose sólo porque sí, sino personas que llevan a cuestas una enorme carga social y cultural que los heterosexuales no llevan. Escribir gay, si se le quiere llamar así, es hablar sobre el sentimiento humano, el conflicto, el deseo, el sexo, mucho sexo, y de cómo todo esto salpica en lo político.[/vc_column_text][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=6USnICkT-zw”][vc_column_text]Todo el mundo sufre, todo el mundo se enamora y todo el mundo enfrenta dificultades día con día, pero es injusto no reconocer que, cuando se es gay, existen particularidades. El hashtag #loveislove nos ha mentido: el amor no siempre es el mismo, ni tiene por qué serlo. Los homosexuales tenemos formas diferentes de relacionarnos a las de los heterosexuales: a veces a escondidas, a veces abiertamente pero con temor y otras con una postura de reto, la misma que adopta el niño que ha sufrido demasiado.

Algunos propulsores de la inclusión temen que, de tanto etiquetarla, la literatura gay pudiera quedar dirigida exclusivamente a un segmento de la población. En tal caso, el problema no es la etiqueta literatura gay, sino el ruido de fondo que ésta provoca. Deberíamos enfocarnos en seguir rompiendo el mito, no en endulzar las historias para el lector prejuicioso promedio. Creo, por supuesto, que la literatura gay debiera aspirar a ser crossover, no ser un producto cultural de nicho. Hay que seguir en la línea que antaño trazaron grandes escritores que hablaban de la homosexualidad (unos de forma más velada que otros) no con el fin de segregar, sino de abrir los muros y ampliar los límites; no con el fin de vender libros y adaptarlos al cine, sino de abonar a la discusión haciendo lo que mejor sabían hacer: pensar.

Dice el español Luisgé Martín, en su libro El amor del revés, que un homosexual aprende, desde muy temprano, a negarse a uno mismo. Años de terapia después, pude reconocer el daño tan profundo que esto implica para una persona. Me sucedió a mí y le sucede a millones de niñas y niños. Etiquetas aparte, la literatura homosexual se convierte en ese espacio de convergencia, en el cual uno llega a encontrarse, reconocerse y, por qué no, aceptarse.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][/vc_section]