“Idiot, slow down…”

“Si comenzamos a creer que internet es una entidad autónoma que tiene algo que decir, entonces devaluamos a las personas que generan el contenido y nos volvemos idiotas”.

Jaron Lanier, autor de ¿Quién controla el futuro?

 

Esta semana la Langosta recomienda cuatro libros que nos invitan a desacelerar, a detenernos un poco. “Me preguntan a dónde diablos voy a mil pies por segundo”, decía Thom Yorke en una canción de 1997. Ese año fue cuando internet alcanzó en definitiva la escala global y desde entonces no ha dejado de desarrollarse. Ese año, tal vez, el lector de estas líneas obtenía su primera cuenta de correo electrónico, mientras los precios de las acciones de las empresas llamadas punto.com se elevaban de forma insólita en las casas de bolsa neoyorquinas. Ese año, términos como inbox, spam o forward se convirtieron casi en marcas existenciales de una generación que no podría concebir la falta de instantaneidad en las comunicaciones.

Velocidad. Velocidad. Velocidad. Lo importante es moverse entre hipervínculos, tan rápido como se pueda. No importa que nos detengamos en sus contenidos, sino buscar a qué otro sitio nos remiten. De hecho, de acuerdo con Nicholas Carr, el autor de Superficiales, podríamos considerar que un milagro está ocurriendo si algún lector que comenzó a leer esta columna hace diez segundos sigue leyendo en este momento estas líneas.

La primera vez que escuché hablar de Carr fue cuando publicó en el Atlantic el célebre “Is Google Making Us Stupid?” Después de que un amigo me recomendó el artículo, mi primera impresión fue que se trataba de una pregunta retórica. Llegué al Atlantic —vía Google, desde luego— y comencé a leer. Lo retórico se volvió problemático. No podemos contestar esa pregunta con un simple sí o no. Como diría Forrest Gump, “stupid is as stupid does”. Parecía evidente que la respuesta debía dirigirse al usuario y la forma en que emplea el motor de búsqueda. Sin embargo, Carr apuntaba hacia otro lado: más allá de lo que se busca, tenemos que preocuparnos por el medio mismo y, en línea con McLuhan, preguntarnos cómo ha reconfigurado nuestros procesos de pensamiento, llegando hasta las redes neuronales.

Como decía, se trata de una invitación a desacelerar. A veces creemos que un cuestionamiento como el de Carr es el inicio de un discurso que nos conduce inevitablemente a la conclusión de que la “tecnología aplasta al ser humano” y lo lleva a un “inexorable proceso de corrupción moral”. Nada de eso. Desacelerar significa aquí pensar desde una perspectiva crítica, desde la perspectiva de la complejidad. Tal como plantea el sociólogo español César Rendueles en Sociofobia, no existen respuestas en blanco y negro respecto a nuestra relación con lo virtual, con las pantallas de las computadoras o los celulares. No se trata de satanizar la tecnología, sin más, y promover la nostalgia por un tiempo en el que no debíamos esperar compulsivamente la aparición de dos palomitas azules para sentir que nos comunicábamos de manera efectiva.

Rendueles señala que lo que está en juego cuando reflexionamos sobre el “dogma digital” es en realidad la necesidad de meditar sobre los vínculos sociales. La cuestión es más bien política, ideológica. Una vez que se evalúa el papel de las redes digitales en la vida de un individuo, de una comunidad, la dirección del discurso se encamina a la vieja pregunta: cómo vivir juntos. En definitiva, qué nos cabe esperar de las relaciones personales en la actualidad. Insisto, la perspectiva de la complejidad, como la que ofrecen los libros insignia de esta semana, debe evitar que deseemos tirar el celular a la basura, cerrar la cuenta de Facebook y comenzar todo desde cero. No hay alarmas, sólo la invitación a bajar la velocidad.

El espacio es reducido, pero por suerte puedo usar más de 140 caracteres, así que, hablando de las consecuencias de la tecnología, no puedo dejar de mencionar el gran libro de Alan Weisman, La cuenta atrás, cuyo punto de partida es la aterradora estadística de que la población mundial crece un millón de personas cada cuatro días y medio. De modo que la cuestión del vivir juntos se vuelve aún más compleja, ya que el problema principal no es cómo se proveerán de tabletas a todos esos seres nuevos, sino cómo se van a alimentar.

Ahora sí, la última y nos vamos, no olviden que en julio habrá una charla con César Rendueles en la Biblioteca Vasconcelos de la Ciudad de México. Por favor, regresen pronto a ésta, su página de confianza, para conocer el día y la hora.

 

Enrique Calderón S.


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