Kazuo Ishiguro, o cómo aprendí a no hacer quinielas del premio Nobel

A estas alturas ya debería acostumbrarme: la Academia Sueca de literatura está llena de trolls. Cuando pienso que hay un patrón, el premio Nobel va a alguien en quien no pensé. No es que sea algo que me quite el sueño o que valide lecturas, sino que es una quiniela para ver qué editorial va a meter en fast-track las reimpresiones o nuevas ediciones y una forma de medir la temperatura, un comentario político desde la Literatura™. Pero, sobre todo, es un juego íntimo: ¿a quién he leído? ¿a cuál no? La respuesta es, casi siempre, «a nadie». Y me gusta porque descubro a los Modiano y a los Transtörmer del mundo. Pero de nuevo es engañoso, ¿y los Vargas Llosa? ¿Y las Munro? ¿Y los Dylan? Tratar de hacer una fórmula del Nobel de literatura es una trampa. ¿Qué hacer, entonces, cuando el Nobel va no sólo a un escritor ampliamente traducido en español, sino a uno de mis novelistas favoritos?

Tengo la mala costumbre de despertar y ver lo que dice mi celular. Un tuit de 1 minute ago  me dio la noticia de que Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) fue premiado con el Nobel. Parece una extraña coincidencia de esas que sirven para escribir algún texto de por qué Ishiguro vale la pena.

Pienso que no hay mejor manera de despertar porque hace años leí The Remains of the Day obsesivamente por un par de días y también desperté. La historia de mi vida no sería la misma sin Ishiguro. Parece apropiado que despierte y descubra que muchos lectores sentirán lo mismo.

Lejos de esta celebración intimista hay algunas cosas a considerar:

  • La obra de Ishiguro trata sobre desentrañar nuestras historias personales y la deconstrucción de nosotros mismos para entender nuestro rol en el mundo. Es claro en sus cuentos, los que tienen más la conciencia japonesa, pero también en sus novelas mejor recibidas: The Remains of the Day y Never Let Me Go. En la primera, Stevens rememora su vida como mayordomo y la participación imaginaria que tuvo a la hora de moldear Inglaterra; en la segunda, un grupo de jóvenes intenta resistirse a cumplir su destino. Pero acaso lo más importante en la obra de Ishiguro es su adaptación camaleónica a los géneros. Si en sus cuentos hay un realismo casi costumbrista, en Never Let Me Go hay ciencia ficción, en The Remains of the Day hay una novela de memorias posmoderna, en The Buried Giant hay fantasía medieval. Quizá eso y las adaptaciones cinematográficas de sus libros lo hagan un autor tan aclamado y querido, aunque no tan críticamente alabado como Ian McEwan o Salman Rushdie, dos escritores más “convencionalmente literarios” cercanos a Ishiguro. Sin duda, es un recordatorio de que el Nobel es para el disfrute de los lectores, no de los escritores.
  • Kazuo Ishiguro es el primero del dream team británico de Granta en ganar el Nobel. Si seguimos la lectura de que el Nobel es también un premio a las generaciones, movimientos o incluso géneros, ¿esto significa que un futuro Nobel a sus contemporáneos y coetáneos es difícil? Me parece que sí, a riesgo de que el siguiente autor de lengua inglesa en ganarlo sea Salman Rushdie.
  • Este Nobel celebra a Ishiguro, nacido en Japón pero más británico que Downton Abbey; es decir, tanto a la multiculturalidad británica como a la aculturación. Es importante decirlo porque en la primera editorial de Granta sus editores se preguntaban qué demonios era la novela inglesa. La revista respondió años más tarde con una lista de los autores jóvenes más relevantes de ese momento, pero incluso en ellos no existe un límite claro sobre qué es la novela británica porque quizá no debería haberlo: Rushdie escribe desde fuera (Los hijos de la medianoche, 1981), Barnes lo hace pensando desde la destrucción de las convenciones del género (El loro de Flaubert, 1984), Ishiguro, McEwan y Amis cuestionan a cada momento la historia nacional (El placer de los extraños, 1981; Pálida luz de las colinas, 1982; Dinero, 1984). ¿Cómo definir la nacionalidad? ¿Cómo seguir defendiendo las fronteras y los muros? ¿Cómo entender el Brexit?

No creo tener respuestas a ninguna de las preguntas que planteo aquí. Tampoco espero que las editoriales o la Academia las resuelvan, pues son apenas unas notas y una reacción a los tiempos en los que vivimos. Si el año pasado me ilusionaron las posibilidades de lo que un premio a Dylan significa (la literatura fuera del libro tradicional: ¿cuándo se lo darán a un novelista gráfico?), este año parece una advertencia de lo que podríamos perder si nos volcamos al nacionalismo, pero también el resultado a la fórmula de las listas de jóvenes escritores, los premios literarios y las clases de escritura creativa. Un éxito del marketing literario.

Ya nada me sorprende. Espero que la apertura del Nobel a géneros más populares y a otros tipos de escritura lleve a que un periodista y novelista y publicista y guionista de videojuegos gane el premio antes de mi muerte. Parece que pido lo imposible pero no. Una persona así ya existe. Se llama Shigesato Itoi.

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