La casa del infinito

Un infinito número de pasos en una cantidad finita de tiempo.

Hay una casa donde la gravedad es imposible. Donde hay escaleras de cabeza y sobre las paredes. Donde figuras humanas sin rostro las ascienden y descienden hasta el infinito. Se trata de la casa pintada por M. C. Escher en 1953 en su cuadro Relatividad. Y es en una casa muy similar a la de aquella pintura a la que nos introduce Joyce Carol Oates en su novela Carthage.

En una tarde de julio de 2005, en el pueblo del nombre que da el título al libro, Cressida Mayfield se despide de su mamá y de su hermana. Es apenas un adiós breve, insignificante; ni si quiera las ve a la cara, un despido cotidiano. Se dirige a casa de su amiga y regresará por la tarde, mientras sus padres y su hermana mayor cenan con unos amigos. En la madrugada la madre se despierta: le falta algo, como una extremidad arrancada y que sin embargo siente. Se levanta y se dirige al cuarto de Cressida. La cama está sin deshacer. Oscuridad total y en las paredes varios cuadros similares a los de Escher, uno incluso muy parecido a Relatividad, en el que la familia Mayfield recorre en infinito unas escaleras. La madre se asusta pero intenta tranquilizarse. “No es nada”, se dice. Llama al celular de su hija y nadie responde. Lo vuelve a intentar pero no funciona. Despierta a su otra hija y ambas llaman a casa de la amiga. Cressida ya no estaba ahí, se había ido desde hacía varias horas en dirección a casa. Y ahora sí, el pánico. La madre despierta al padre y los tres salen en busca de Cressida.

Así inicia el tormento de la familia Mayfield y el detonante de Carthage. ¿Dónde está la muchacha? ¿Está viva? ¿Se la llevó alguien? ¿Por qué? A lo largo de las investigaciones y la historia surge un sospechoso muy cercano a la familia: el cabo Brett Kincaid, un veterano de la guerra de Iraq y novio de la hermana de Cressida.

En esta historia, Oates, como en la mayoría de sus obras, hace una gran construcción de personajes. La “chica desaparecida” se nos presenta a través de los ojos de los implicados y es gracias a ellos que se arman sus múltiples facetas: la hija prodigio, la hermana lista, la hija amargada, la chica rara…; todo gracias al estilo de la autora, que turna por capítulos los puntos de vista de los personajes, juega con el in media res o es capaz, en un par de líneas, de darnos una perspectiva omnisciente.

No exenta de giros inesperados, Carthage presenta también los horrores de la guerra y su sombra más allá del campo de batalla: narra cómo aquel que ha ido en busca de una lucha que cree justa puede convertirse en un monstruo:

Lo vio entonces con toda claridad: las guerras eran una cosa monstruosa y convertían en monstruos a todos los que combatían en ellas.

La historia, aunque tiene algunos elementos clásicos del thriller, es más que una narración de desapariciones y asesinatos. Es la instantánea de una familia estadounidense, del dolor por la desaparición de un ser querido, de los traumas de la guerra; y es también una historia que debate sobre la culpa, la justicia, la redención, el odio. No en vano está repleta de distintos símbolos culturales que son elementos centrales de las personalidades de los protagonistas. Están ahí muy presentes Escher y sus cuadros para entender quién es Cressida; hay una referencia clara al monstruo de Frankenstein y a su relación con los hombres de la guerra; está también Platón para introducirnos en un debate entre el bien y el mal.

Carthage es una gran novela y una gran pintura, como la de Escher, de la vida en una familia norteamericana y de su destrucción. Una historia que sumerge al lector desde la primera página y no lo suelta sino hasta casi asfixiarlo para luego, al terminar, dejarlo mareado en la superficie, reflexionando sobre lo que acaba de leer.

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