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La tempestad de la infancia
Ramsés LV comment 0 Comentarios access_time 5 min de lectura

“De cierto os digo: si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”, dijo Jesús. La infancia, al igual que el origen divino de la humanidad o la inmortalidad del alma, es uno de nuestros mitos esenciales. Nos redime de nosotros mismos y nos hace sentir especiales, pues, creemos, la infancia es un breve paso por el paraíso de la inocencia. Pero ¿y si no fuera así? ¿Y si en los niños también anidara la malignidad? A diferencia de otros mitos, el de la infancia es casi inexpugnable: no se lo debate porque no carga sobre sí el descrédito de la religión. Sin embargo, para cuestionarlo apenas hacen falta estudios especializados. Lo que se necesita es mirar en lo más hondo de nuestro corazón. Lo que se necesita es tener el arrojo de uno de los más grandes y perturbadores escritores de nuestro tiempo: John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940).

Coetzee es un desafío incesante. Desde sus primeras novelas ha creado historias en las que la maldad y la brutalidad, pero también el amor vehemente, abrasan a sus personajes como un incendio a un pequeño trozo de papel. Y desde la publicación de Elizabeth Costello, el sudafricano ha difuminado los contornos de la novela al incorporar el ensayo en sus ficciones. Infancia, la primera parte de su autobiografía, reúne ambas características. Es un cuestionamiento del género autobiográfico, pero, sobre todo, es el estremecedor retrato de un niño maligno y cruel a quien sólo atempera el amor a una granja.

El desafío de Infancia comienza con sus elementos formales. A la manera de una novela, Coetzee narra su vida en tercera persona y distorsiona algunos hechos reales, lo que transgrede la noción habitual de autobiografía pero se resiste también al concepto habitual de novela; monta su relato, no en una sucesión lineal de hechos, sino en una colección de escenas sin fecha que transmiten una sensación de atemporalidad; y, pese a lo íntimo de sus memorias, la prosa es sobria, hermosamente contenida.

Si se habla poco de estas virtudes formales es porque quien lee Infancia se ve atrapado de inmediato por la oscuridad del relato. John es un niño de 10 años que vive en los suburbios de Worcester, en el suroeste de Sudáfrica. Su vida es ordinaria: va al colegio, le gusta el críquet, devora libros y pasa largas horas jugando con su hermano menor. Su corazón, en cambio, es una borrasca sin fin.

Desde la primera página, Coetzee recrea de forma implacable la relación con su madre, Vera. Ella lo ama profundamente, lo protege y lo llena de cuidados. Lo pone incluso por encima de su padre, a quien John odia a muerte. Lejos de enternecerlo, este amor abruma a John. No lo entiende ni sabe qué hacer para corresponderlo. Tiraniza a su madre, quiere que sólo viva para él, pero al mismo tiempo trata de liberarse de su cariño despreciándola, tratándola como a una inferior e hiriéndola arteramente.

Todo esto sucede en casa. El amor de Vera vuelve a John un niño “anormal”, que, en lugar de someterse a sus padres como todos los niños, es un pequeño déspota mimado que gobierna su hogar. Temeroso de que sus compañeros lo descubran y rechacen, John se comporta en el colegio como un manso cordero. Obedece y obtiene las mejores notas para pasar desapercibido. Es el mejor de su clase, no por convicción, sino por cobarde. Lleva una doble vida que lo atormenta.

En el hogar y en el colegio, John también padece los estragos del nacionalismo afrikáner y el apartheid. La violencia política lo aterra y la segregación racial lo avergüenza y desconcierta. Sin embargo, todos estos suplicios se disuelven cuando visita Vöelfontein, la granja de su familia paterna. Puede que Coetzee sea demasiado severo al mirar el egoísmo y la inseguridad infantiles, pero no escatima cuando habla del amor diáfano que sólo existe en la niñez. El capítulo dedicado a la granja es quizá el más hermoso de toda su obra. La árida belleza del veld (el campo abierto sudafricano), la inmensidad del Karoo, la mansedumbre de las ovejas, los días de caza y la cordialidad de las relaciones entre granjeros blancos y negros son un remanso para John. Todas sus dudas y tormentos desaparecen cuando se pierde en las praderas de la granja, como desaparecen las dudas y tormentos de cualquier niño cuando abraza lo que más ama.

Coetzee no es un autor que consuele ni reconforte. Nadie sale de sus novelas con una sonrisa. Aun así, la recompensa de leerlo es grande: es sumergirse en lo más recóndito del corazón y volver transformado a la superficie. Infancia es una obra maestra, no porque Coetzee desmitifique su imagen (siempre se espera que los escritores sean unos santos) o porque narre una niñez extraordinaria, sino porque se atreve a ver lo que realmente hay en la infancia (egoísmo, miedo, inocencia y amor) y a narrarlo sin concesiones. Es un desafío, una tempestad estética y moral. Pero ¿cuándo, si no en las tempestades, sabemos quiénes somos en verdad y de qué somos capaces?

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