La victoria de la infamia, las becas y el talento

alvaroenrigue

La muerte de un instalador / Mondadori, 2012

Dicen los manuales de literatura que la novela policiaca es, por excelencia y por estructura, el mejor ejemplo de una narrativa cerrada. Si el autor abre una puerta también tendrá la caballerosidad de cerrarla; si un personaje se alimenta, tendrá la responsabilidad de digerirlo y hacérnoslo saber. A este mundo cerrado, completo y ficticio al que tenemos que creer cuando leemos una novela o un cuento los teóricos lo llaman diégesis. Sin embargo, como a la mala hemos aprendido muchos, el mundo es basto, inacabado, y la teoría generalmente nos deja parados en medio de la carretera.

Lo digo porque después de leer la primera novela de Álvaro Enrigue, La muerte de un instalador, he caído en la misma trampa de los ingenuos años de universidad: creer en la teoría.

La historia es la siguiente: Aristóteles Brumell, un joven millonario coleccionista de arte es atraído por un joven artista contemporáneo volcado en la disciplina de la instalación, rubro donde ha ganado un par de premios y bienales estatales sin mayor éxito. La historia, sin dejar de ser jocosa, hilarante y chusca, narra las desgracias de un artista común en su lucha por sobrevivir e integrarse al verdadero mercado del arte. El millonario joven está interesado, aunque más por capricho de excéntrico magnate que por interés profesional, y teje una enmarañada red de mentiras para someter el espíritu del trastornado, pobre y ahora drogadicto artista. El final es, para sorpresa de nadie, la caída de la víctima y el regocijo del villano.

Pero el final de la historia no es el final del libro, por lo que no siento ningún remordimiento de haber contado el final. A mí me preocupan otras cosas: ¿Álvaro Enrigue ha desenmascarado los círculos culturales mexicanos? ¿Ha exhibido con su ficción la inutilidad de las instituciones del Estado? ¿Nos está mostrando que la relación mercado arte es tan dañina para los individuos como para el arte mismo? Por supuesto que no. Esta realidad ha sido la misma desde hace mucho y sorprende descubrir que a nadie le sorprenda. Al joven Enrigue no parece molestarle la frialdad ni el cinismo ni el mercado cultural. Las tormentas de la vida artística sólo le han servido de telón de fondo para contar con ironía las desgracias de un artista y eso me parece siniestro, siendo él es uno de ellos. La forma de contarlo como un viejo lobo de mar, sinceramente, me ha sobrepasado.

Las interpretaciones que se le puedan dar a la obra, propiamente hablando, son estériles. ¿Es una novela de transformación, y el millonario se convierte en el artista y el artista en la pieza de arte? ¿Es la historia fallida del Perseo artista que baja al inframundo pero sin regresar victorioso? La verdad es que no vale la pena pensarlo. Una novela es una novela es una novela.

PD. Un premio nunca significa menos que cuando le sigue uno más grande. Álvaro Enrigue ha sido un privilegiado de las instituciones de cultura no sin merecerlo. Ha bajado al inframundo como el instalador Sebastián Vaca entró a la mansión de los Brumell, y sin embargo ha salido airoso. ¿A qué se debe entonces ese agradecimiento al Sistema Nacional de Creadores y posterior disculpa: “Más pronto cae un hablador que un cojo”? ¿Será su cojera en realidad la cabeza de la Medusa o el Pegaso de Perseo?

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