Manuel Vázquez Montalbán

Fue autor de una vasta obra de crónica periodística, poesía, ensayo y novela. A mediados de la década de los ochenta entró en el diario El País como columnista. Allí, este trabajador rapidísimo e incansable, de curiosidad desbordante, mostró sus dotes de maestro en todos los géneros del periodismo, que había practicado desde los 18 años. Sólo que ahora viajaba con soltura y conocía a los intelectuales, escritores y políticos más influyentes. Además de grandes cuadernos de viaje que algunas veces utilizó como material para su obra narrativa, mientras que en otras ocasiones mantuvo la estructura y el tono del reportaje clásico, como el del subcomandante Marcos de la guerrilla zapatista que realizó en Chiapas. Fiel a su Barcelona natal, a la que regaló uno de sus paisajes literarios más densos y reconocibles, con rincones y personajes que hablan el catalán bastardo o el castellano mezclado con catalanismos de los barrios bajos; en esto, como en muchas otras cosas, se mantuvo fiel a su origen, porque era hijo ilegítimo de un gallego y exiliado republicano, Evaristo Vázquez, y de Rosa Montalbán.
El escritor Andrés Sorel lo recuerda así:

En Barcelona. Un día cualquiera de un año que ya ha dejado de existir. Había quedado con Manuel Vázquez Montalbán. No importa el motivo. Sólo el recuerdo de unas palabras. Se despidió de mí horas antes de tomar un avión. Sonrió socarronamente al preguntarle cómo se encontraba. Ya ves, arrastrando este cuerpo cada vez más jodido por los pasillos interminables de los aeropuertos del mundo. Cualquier día me quedo definitivamente en uno de ellos, vino a contestarme. Bangkok: dormían los miles de pájaros a la hora en que él entraba en el sueño eterno.
En el fondo siempre gustaba ser reconocido como poeta. Se enorgullecía de ello quizás más que de todos los otros géneros literarios que cultivaba. Poeta de la existencia, de la melancolía, de la pequeña crónica política y de la vida cotidiana, de la amargura humana, de las muchachas en flor y los amores; soñados y perdidos, de las melodiosas canciones, de los míticos viajes, de las metáforas, del dolor, del amor y de la muerte. Una educación sentimental por las ciudades del mundo, por las revoluciones perdidas, por las utopías que pese a todo nunca se abandonan.

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