Memoria de mis putas tristes: noventa años no es nada

Gabo

Memoria de mis putas tristes / Literatura Random House, 2014

Me gusta pensar que Memoria de mis putas tristes (2004) es una novela de juventud. Gabriel García Márquez la escribió a los setenta y siete años, y el personaje principal es un anciano de noventa, a quien recién le va cayendo el peso de los años. El camino que recorre el protagonista es muy parecido al de los héroes de las novelas de aprendizaje, solo que en reversa. Hay una evolución gracias a ese crecimiento interior alejado de toda decrepitud, acaso comparable en algunos aspectos al del Benjamin Button de Fitzgerald. Después de todo, decir “novela de juventud” es incorrecto. Mejor sería escribir: “la juventud es el tema principal”. No como nostalgia de la edad dorada, sino como un pulso latente, motor de la vida cotidiana.

Un viejo periodista decide celebrar su noventa aniversario “con una noche de amor loco con una adolescente virgen”. Le apodan el Sabio, nombre que no sabemos cómo se ganó, pero que Rosa Cabarcas, la dueña del prostíbulo, le dice siempre con ese dejo de nostalgia de los amigos muy viejos. Jubilado después de 40 años de inflar cables para El Diario de La Paz, el Sabio vive en la misma casa donde nació, atesorando algunos libros de la biblioteca de sus padres. Nunca se casó y su vida gira en torno a la escritura de su columna dominical (y alguna que otra crítica de música) para el mismo periódico.

Al sabio los noventa le llegan como de sorpresa y, en un arrebato infantil, llega a la cita que Rosa Cabarcas le concreta con una niña de catorce años a la que encuentra desnuda y dormida. El viejo decide no despertarla; se acuesta junto a ella y se la queda mirando hasta el amanecer. Ese ritual se cumple por lo menos un año, hasta que la niña y el sabio llegan a tener una relación amorosa en ese mismo cuarto de burdel, siempre en la duermevela. Gran admirador de la literatura japonesa, García Márquez hace en esta novela un expreso homenaje a La casa de las bellas dormidas de Yasunari Kawabata, donde aparece un lugar en el que los hombres pagan por ver dormir a las mujeres.

Hacia el final, el narrador de Memoria de mis putas tristes cita una frase que Thornton Wilder le atribuye a Julio César: “Es imposible no terminar siendo como los otros creen que uno es”. Para el sabio los estragos de la edad son imperceptibles porque “uno sigue viéndose desde dentro como había sido siempre, pero los otros lo advierten desde fuera”. Como una rebelión ante esa idea y ante la fatalidad del tiempo, el sabio escribe su memoria, comenzando con su amor a la bella dormida (Delgadina, la llamaba). Un amor pasajero que no fue más que otra de esas enfermedades que hacen crecer a los jóvenes y a los niños.

 

Melissa Hernández Navarro

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