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Naipaul o la emergencia de las historias subterráneas
¿Ya conoces la obra de V. S. Naipaul? Estas son las razones por las que deberías leer La pérdida de El Dorado.
Carina Vallejo comment 0 Comentarios access_time 3 min de lectura

Los discursos que tomamos como verdad suelen ser producto de historias protagonizadas y contadas por los que dominan. A La pérdida de El Dorado la resguardan archivos, diarios, mapas, libros; pero si la cuestionamos y cambiamos de perspectiva, advertiremos las ausencias que guardan tales documentos. De las otras versiones casi nunca hay rastro —la grabación de testimonios orales no ha estado presente desde que nuestra especie aprendió y valoró el hecho de contar una historia—. Introducir la ficción cuando contamos la realidad ha sido un recurso ante la falta de registros; a veces, gracias a ella, no conocemos los hechos como son, sino como alguien quiso que hubieran sido.

Surajprasad Naipaul, escritor de origen trinitense-hindú, estructuró La pérdida de El Dorado a partir de la pesquisa hecha en documentos del Museo Británico, en los Archivos Públicos de Londres y en la Biblioteca de la capital inglesa. La pérdida de El Dorado conserva el ritmo lento que demanda la reconstrucción de un relato cuando sus partes están dispersas en diversos soportes; la sorpresa del hallazgo es otro rasgo documental que no falta en el texto. Más que para confirmar la versión de los colonizadores, la búsqueda de Naipaul en tales archivos desemboca en una narración que restaura, hasta donde es posible, la historia de un lugar “en el que habían pasado cosas pero no se notaba”: Puerto España, Trinidad.

En este texto, el escritor —quien además obtuvo el premio Nobel de Literatura en 2001— echa mano de los recursos con que se construyen las historias dominantes, pero los integra a su narración para señalar las “licencias” que se tomaron los colonizadores con el fin de hacer más atractiva su versión de la historia: «Berrío reducía el viaje por un continente desconocido a escasez de comida y agua, enfermedades repentinas, una fuerte corriente, una elevada montaña difícil de ascender» ; «los franceses convirtieron el encuentro de aquella mañana entre Chacón y el almirante en un tema de relato» . Naipaul quizá lo hace menos por descubrir la verdad que por ofrecer una mirada distinta sobre los sucesos que atravesaron los habitantes de la isla caribeña —caribes, ingleses, españoles, franceses y negros—.

Aunque «la desaparición carece de importancia; no forma parte del relato de nadie», La pérdida de El Dorado rescata las historias que han perdido peso frente a la simple consignación de los nombres en los registros que se guardan en los archiveros de algún sitio en Trinidad. Así nos llegan pasajes del conquistador poco conocido Berrío en el siglo xvi; conocemos también al carcelero Vallot y el largo proceso jurídico que enfrentó Luisa Calderón, sólo por citar tres de las múltiples y variadas historias que pueblan el texto del Nobel de Literatura. 

Esta obra de Naipaul nos ofrece otra lectura acerca de la colonización de Trinidad, una elaborada con los testimonios de las voces dominantes a las que no se cansa de cuestionar. En La pérdida de El Dorado destaca además el valor de las subjetividades frente a los números. Tal vez su lectura en estos rápidos días nos ayude a ejercitar la paciencia ante la búsqueda de otras fuentes, de cuerpos que faltan, de historias que las narrativas dominantes han silenciado.

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