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¡Nel! Rayuela no está envejeciendo bien. ¿Te cae?
Alejandro Carrillo comment Un comentario access_time 5 min de lectura

Lo dije en tuit cuando apenas llevaba los primeros capítulos del libro:

Y luego, más adelante, todavía me atreví a tuitear: 

Pero ahora, apenas terminado de leer, y sin desmentir mis primeras impresiones, digo: “Qué bonito es cuando un libro hace que te tragues tus palabras.”

¿Por qué dije que Rayuela es insoportable? ¡Porque lo es! Pero lo es por razones precisas, preciosas, intencionales y abrumadoras. 

Dije que si lo hubiera leído en la adolescencia no se me habría hecho insoportable; me habría bebido todas las referencias intelectuales como un animal sediento; habría escarbado en ellas y me hubiera deleitado en ello; habría abrazado al jazz cool y querido con toda mi alma ser Horacio Oliveira; lo hubiera copiado descaradamente y con ojos ilusionados habría invitado a mis mejores amigos a alguna versión del Club de la serpiente para encerrarnos durante tardes enteras a discutir sobre Kierkegaard y el Libro tibetano de los muertos; luego, claro, tendría que buscar desesperadamente a mi Maga, a su cara de niña, a su fantasía y torpeza (de hecho la busqué aunque no había leído el libro, en una versión muy parecida de una chica mexicana, fan de Cortázar, guapísima, con el pelo corto como niño, que vivía en una burbuja y era medio boba pero muy sensible y soñaba con irse a vivir a París). 

Ahh, pero no sabía que no había mucho que imitar, porque a esa edad ya era bastante parecido a Horacio. ¡El libro hubiera sido mi Biblia! Pero por las razones equivocadas. 

Ahora, a los 37 años, cuando por fin lo leí, se me hace insufrible tanta referencia, tanta intelectualidad, porque ahora me parezco más al doppelgänger de Oliveira, Traveler; ahora estoy dentro del territorio; menos en las citas filosóficas-literarias y más en el presente; tengo una esposa y unos hijos a los que abrazo con amor y, aunque sigo tan perdido como siempre (apuntando mi tejo al número 10 de la rayuela para alcanzar el cielo y escapar de este sin sentido de estar vivo), ya no soy sólo yo. La diferencia es que ahora soporto, como Traveler, un poco mejor este mundo; aguanto bien en mi línea de defensa porque estoy acompañado, porque aunque perdido no estoy solo y eso, como dice cruelmente Oliveira, aunque no resuelve nada, lo hace todo un poquito más llevadero: “la única manera de escapar del territorio era metiéndose en él hasta las cachas”

Pululan por ahí montones de reseñas y comentarios que dicen que Rayuela no está envejeciendo bien; que es un libro chingón pero que los años le han ido quitado su lugar en la historia de la literatura; que poco a poco se va, se aleja… ¡Yo creo lo contrario! Creo que apenas (a más de 50 años después de su primera edición), se puede leer Rayuela como debe ser leído (como tal vez Cortázar pretendió que se leyera); apenas (que hemos aprendido a desconfiar de intelectualismos y pedanterías) se nos hace lo suficientemente insoportable como para que el artefacto narrativo funcione, como para que a través de él se comunique algo que sólo la experiencia, no las palabras, pueden comunicar: esa sensación de agobio que produce página tras página de referencias, de comentarios eruditos, de frialdad lógica, de conversaciones ontológicas (mientras el cuerpo de un bebé muerto se enfría más y más en su cuna),  de tanta culture​… esa sensación que no puede ser dicha ni explicada. Y aquí la razón por la cual Julio Cortázar es un gigante: porque se necesita arriesgarse, que el lector inocente se pierda, a que desprecie la obra y la bote o la insulte o, peor aun, a que no perciba el dolor y sólo perciba lo estético, lo cool, la superficie, la poesía (que hay y mucha y chingona) y el ritmo y las maravillosas y románticas alusiones a lo tentador que es el intelecto para muchos; para muchos lectores y fans y críticos que ensalzaron este libro, no por ser como la bofetada, la partida de alma que es, sino como una maravilla romántica, mágica, llena de juegos literarios y experimentación y cursilerías y capítulos siete leídos al infinito.

En algún lado leí que Cortázar decía que intentó en este libro sintetizar la experiencia de toda una vida… y cómo se sintetiza la lucha entre el ser y el no ser, entre estar y no estar en el territorio, entre el yo y los otros si no es haciéndoselo padecer en carne propia al lector. 

Porque página tras página, Rayuela es la lucha asfixiante entre:

Jazz y música bailable

Lo popular y lo snob

Vida y pensamiento

Reflexión y recuerdo

Oliveira y la Maga

Narración y discurso

Emoción y concepto

Diversión y aburrimiento 

Uno y los otros

Ser y no ser

La soledad y la compañía 

La vida y la muerte

Sólo un gigante podía arriesgar tanto, comprometerse tanto y lograr tanto de una forma tan poco convencional. 

No, Rayuela de Julio Cortázar no está envejeciendo bien; está envejeciendo más cruel, hermosa, dolorosa que nunca. 

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  1. Bravo por la reseña, Álex. No esperaba menos.
    Rayuela fue mi biblia de adolescente, hasta en francés me la leí…
    Siempre pensaba que no la entendía, que me faltaba cultura o nivel o experiencia, o todo. Por eso la volvía a leer. Ni modo.
    Una tarde tomé café con Julio Cortázar en su apartamento de París. Me pareció un niño gigante, aplicado y bastante descreído.
    Pensé si también él releía su Rayuela y hasta la traducía al francés, aunque a él le sobraba cultura y nivel y experiencia, y todo.
    Al segundo café (me acabé la jarra) ya me reí como contigo. Piensa, yo solo tenía 20 años, ningún mito (a no ser aquella gigantesca incógnita que era Rayuela), ni soñaba con escribir. Por eso me sentí de andar por casa con aquel señor gigante que me servía café y más café y se tomaba un whisky y otro más.
    Luego luego pasé años “contraculturales”, pero no me deshice del libro. El libro siempre andaba por ahí, entre papeles, colillas y piedras de hachís. Yo nunca me quité (del libro). Ya no lo leía más, la vida me empujaba hacia otras casillas, desde la tierra al cielo pasando por otros infiernos.
    Después me tocó meterme en el territorio y no fue final de juego: ya tampoco era solo yo.
    Un día, ya en el XXI, me puse a escribir y al tirarme a la red vi cómo diseccionaban la rayuela en miles de tuits, recortes tan cursis. ¿Será otra esa Rayuela que ahora se sacan?, pensé. La desempolvé, la hojeé. No, no era otra, pero tampoco era la misma. ¿Sería que yo nunca la había entendido? Ahj, a veces sentí vergüenza ajena, tanto mercadeo a lo Che. Qué rabia, queremos tanto a Julio, y esa parafernalia era casi peor que saberlo viejo y lelo. Hasta desmemoriado.
    Hoy leo tu reseña y me reconcilio y le doy a la piedra y sigo a la pata coja y ahora sé que sí lo había entendido. Que siempre lo entendí. o que entendimos lo mismo, pero tú lo sabes decir.
    Las muchas gracias, maestro.