Shirley Jackson: bajo el horror de lo cotidiano

Hay una historia que a Shirley Jackson le encantaba contar. Con motivo de la publicación de su primera novela (The Road Through the Wall, 1948), su esposo, que llevaba la mayor parte de su control financiero, cayó en una larga disputa por temas legales con su editor, Alfred Knopf, que no permitían firmar el contrato. Durante aquella complicación, Knopf, que era un editor reconocido, fue a esquiar a Vermont, donde vivía Jackson, y donde se rompió la pierna. Ella, con premeditada ironía, contaba a los reporteros que había sido su culpa, es decir, que había practicado brujería sobre su editor, y que si había tenido que esperar a que Knopf fuera a Vermont era porque no tenía permitido practicar artes oscuras entre un estado y otro —todo el mundo sabe eso—.

Tuvo que desmentirlo años después.

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La historia comienza la soleada mañana del 27 de junio de 1948, cuando The New Yorker publicó su cuento “La lotería”. Durante las siguientes semanas comenzaron a llegar cartas —de las más de trescientas sólo trece eran amables— donde lectores y suscriptores exponían su malestar e indignación, pero, sobre todo, confusión por la obra publicada. Se desconocía si la anécdota era real o ficticia, se habló de hipótesis y se llamó al equipo editorial “herramientas de Stalin”. La revista perdió suscriptores.

La otra historia —la de “La lotería”, la ficticia—, también comienza el 27 de junio de 1948, en un tranquilo poblado de algún lugar de Estados Unidos donde una especie de juicio sumario es celebrado por la comunidad. El cuento corto hizo dudar a los lectores norteamericanos sobre la posibilidad de que dichas costumbres siguieran subsistiendo en sociedades tan desarrolladas, y en las cartas que todavía se conservan puede leerse: “Lo leí mientras me sumergía en la bañera… y tuve la tentación de meter la cabeza bajo el agua y terminar con todo”. Tres años después la nbc hizo una versión para radio, seguida de una adaptación para televisión y dos películas en 1969 y en 1996.

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Para Shirley Jackson el oficio de escribir no vino fácil. Madre de cuatro hijos y esposa de un profesor y crítico literario al que llevó al trabajo cada día de su vida, orquestar sus deberes como mujer con su vida profesional tuvo un costo. A menudo le escribían sus lectoras de revistas para mujeres pidiendo consejos, y a menudo ella respondía “trabaja menos y escribe más”. Pero ese mundo —o lo que quedaba después de la Segunda Guerra Mundial y lejos de los movimientos de liberación femenina de los setenta— estaba cobrando un precio mucho más caro. “No escribía con una pluma sino con un palo de escoba” fue una de las frases que más se repitió sobre su nombre, incluso en algún obituario, y Time Magazine publicó que era la (juego de palabras entre ‘hombre lobo’ y Virginia Woolf).

Su archivo completo, por ejemplo, que desde hace varios años está en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, llegó ahí cuando ésta adquirió los documentos de su esposo, el crítico de The New Yorker Stanley Edgar Hyman.

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Shirley Jackson es también, en la peor de las suertes, la mejor influencia de lo que hoy se conoce en el mundo de los bestsellers como ‘literatura de ficción’ —lo que sea que esto signifique—, en la que un cúmulo de escritores norteamericanos, ya sea por casualidad o a causa de ella, se congregaron. The Haunting Hill House (La maldición de Hill House) —obra con la que ganó gran parte del poco o mucho reconocimiento que tiene ahora— es, con mucho, su novela más conocida; se ha hecho película al menos dos veces bajo el nombre de The Haunting (1963 y 1999), ha sido parodiada (Scary Movie 2) y será readaptada por Netflix en 2018. En su círculo de influencia están, entre otros, Stephen King, Donna Tartt y Richard Matheson, autores prolíficos que han llenado a Hollywood de buenos guiones y adaptaciones regulares (Soy leyenda, de Richard Matheson en 2007; o Carrie de Stephen King, en su versión de 2013), y que han contribuido, más a su pesar que por su causa, a nombrar a ésta una literatura de segunda.

Lejos del espiritismo, los cuentos de Jackson son más bien un retrato del horror cotidiano. “La Lotería” es sobre todo una crítica al espíritu liberal, el conservadurismo anglicano y específicamente hacía cuestionar a los lectores si la sociedad americana conservaba la crueldad de las sociedades comunistas, la deshumanización de la Alemania nazi y el antisemitismo contra el que habían peleado en la Segunda Guerra Mundial, tan sólo dos años antes.

El terror, entonces, venía desde lo cotidiano y su normalidad, de una forma de miedo que surge de los seres y los objetos que deberían producirnos calma, de descubrir que lo peligroso proviene de lo cercano e inocente.

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Shirley Jackson, que moriría a los 48 años de un ataque al corazón producto de los antidepresivos que llevaba años consumiendo, recordaría varias veces la historia de cuando ingresó al hospital para dar a luz a su tercer hijo, pocos meses después de que “La lotería” fuera publicada. Cuando le ayudaban a llenar los formularios, la recepcionista le preguntó su ocupación. “Escritora”, respondió ella. “Pondré simplemente ama de casa”, sentenció la mujer.

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